Temas Sociales

Niñas que son madres y madres que son niñas

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¿Sabía usted que en Nicaragua, de cada cien niños que nacen, 27 son hijos o hijas de madres adolescentes? En otras palabras, uno de cuatro nuevos nicaragüenses tienen como madres a una niña o a una joven, menor de 18 años. Eso es lo que indican estudios realizados por organizaciones internacionales especializadas. Es la tasa más alta de América Latina.

 Si consideramos que a nivel mundial América Latina registra los niveles más elevados de madres adolescentes, solamente detrás de África, significa que Nicaragua tiene uno de los mayores porcentajes del mundo de embarazos en adolescentes.

 ¿Y cuál es el problema?

 El problema inmediato es de salud. Está comprobado que los cuerpos de estas niñas no están maduros biológicamente para el embarazo y el parto. Son embarazos de alto riesgo para la vida y la salud de la madre y del niño. Se estima que una madre adolescente tiene el doble de probabilidades de morir en el parto, en comparación con una madre mayor de 19 años. Además, los niños y niñas, hijos de adolescentes, frecuentemente son prematuros, con bajo peso al nacer y bajo desarrollo, lo que incide en su salud posterior, tanto a causa de la desnutrición como por su vulnerabilidad ante enfermedades.

 Pero también hay un problema de educación, porque lo más probable es que esta madre adolescente abandone la escuela, lo cual agrava los ya elevados índices de deserción escolar, empeorando los pobres niveles de escolaridad que padece el país. Pero esta madre adolescente, al abandonar la escuela, ¿qué tipo de empleo puede obtener? Si llegara a conseguir empleo, seguramente será un empleo precario, en el sector informal, de baja calificación y de bajo salario. Es decir, una madre adolescente lo más probable es que se encuentre condenada a la pobreza.

 ¿Y su hijo o hija? ¿Cómo se alimentará? ¿quién lo cuidará? ¿cuáles serán sus oportunidades de futuro? Al crecer ¿tendrá oportunidad de una buena educación? El sentido común y lo que vemos a nuestro alrededor nos revelan que este niño o niña tendrá su destino marcado por la miseria. Tenemos aquí pues una de las rutas que reproducen el ciclo de la pobreza.

 Pero veamos otro ángulo. Si el padre de este niño es otro adolescente, el problema se multiplica por dos, tanto en términos de educación, como de empleo y salario. Además, por la falta de madurez emocional es frecuente que estas uniones sean de corta duración. Pero también buena parte de los casos son resultado del engaño, por varones mayores, o de la violencia. Por consiguiente hay una alta posibilidad de que esta madre adolescente se convierta en una madre abandonada, primero, y cabeza de familia, después. Las secuelas y cargas que esto conlleva en términos de vulnerabilidad y descomposición familiar son fáciles de imaginar.

 La siguiente pregunta es si este problema se está resolviendo o se está agravando. No hay datos concluyentes. Pero un estudio del Fondo de Naciones Unidas para la Población revela que entre el año 2000 y el 2009, en Nicaragua aumentó en un 47% el porcentaje de niñas madres, esto es, de madres cuyas edades van de 10 a 14 años.

 Resulta verdaderamente extraño que un problema de tanta trascendencia no sea abordado como una preocupación de carácter nacional. Pienso que una de las razones es que las madres adolescentes viven tan agobiadas y en las sombras que su voz no se escucha. Se trata de un sector social que pareciera invisible. Sin presencia. Sin voz. Sin vocerías.

 Por supuesto, la pregunta obligada es ¿qué hacer?. Obviamente la solución nos concierne a todos.

 El primer paso es tomar conciencia del problema. Y aquí los medios de comunicación tienen una responsabilidad primordial en dar a conocer el hecho, sus causas y sus consecuencias. Y machacar y machacar.

 El segundo punto es la prevención. Y aquí las familias, el estado, las organizaciones no gubernamentales, organizaciones e instituciones religiosas, tienen un papel que desempeñar. En este sentido resulta fundamental desarrollar una campaña de información y sensibilización al conjunto de la sociedad.

 Pero la mejor forma de prevención es la educación. Los datos muestran que a menor educación es mayor la tasa de embarazos adolescentes, y viceversa. De ahí que, en el largo plazo, la principal solución recae en el acceso y la retención de las niñas en el sistema escolar.

 Pero para el corto plazo es esencial la educación sexual, científica, en las escuelas e institutos de  secundaria. Este es un tema polémico porque hay quienes argumentan que eso significa fomentar la promiscuidad entre los adolescentes. Pero es todo lo contrario. Cuando comentaba esta situación con mi hija menor, me contó que en su colegio (ella está en tercer año de secundaria), una madre llegó enfurecida a protestar porque estaban impartiendo educación sexual. Es preciso que las madres y padres nos despojemos de prejuicios porque mientras más y mejor informados estén nuestros hijos e hijas adolescentes sobre los aspectos biológicos de la reproducción, se reducen los márgenes para que cometan errores o adopten decisiones equivocadas.

 Es imperativo pues que se diseñe y comience a ejecutar un plan nacional destinado a disminuir los embarazos adolescentes que aborde las distintas causas y dimensiones del problema.

 También es preciso que como familias y como sociedad le pongamos mente a este tema que concierne al conjunto de la sociedad. Pero, sobre todo, porque afecta a uno de los sectores más vulnerables de nuestra población, las niñas y adolescentes.

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