Política y Realidades nacionales

¿Cómo debemos interpretar el discurso de Ortega?

Estos días han estado tan revueltos que acarrean el riesgo de perdernos en el camino. Y no podemos caer en la confusión. Intentemos pues encontrar una chispa que nos ayude a vislumbrar qué esperar para los días venideros.

Comencemos por los hechos más relevantes.

Primero. La administración norteamericana aplicó la ley Magnitski, a tres de los más incondicionales secuaces de Ortega. Sin duda, un fuerte golpe político y económico. Además, resolvió reducir al mínimo el personal y funcionamiento de su Embajada en Managua.

Segundo. El régimen genocida de Ortega no estuvo en capacidad de organizar el tradicional repliegue hacia Masaya. Una actividad emblemática a lo largo de los últimos 39 años. Se limitaron a realizar una caminata que, a pesar de los trucos y retrucos de las cámaras de los medios de comunicación del régimen, cualquier aficionado puede descubrir esos trucos y comprobar lo escuálido de la convocatoria.

Tercero. Ortega arreció su embestida criminal en distintos municipios del país. En especial, se ensañó en Subtiava, Matagalpa, Diriamba y Jinotepe, acrecentando el número de víctimas mortales y secuestros.

Cuarto. La Alianza Cívica anunció una jornada de resistencia por tres días consecutivos, una marcha para el jueves; un paro nacional, el viernes; y una caravana el sábado. Mientras tanto, la población sigue movilizándose en diversos municipios, a lo largo y ancho del país. Si no es en uno, es en otro. En particular, el pueblo de Masaya ondeó la bandera azul y blanco y marchó en las calles por las que se prohibió a Ortega marchar.

Quinto. En su discurso del 7 de julio Ortega aparentó estar furioso y enloquecido y se lanzó una sarta de disparates. A sus bases quiso mostrarles fortaleza y confianza. Al pueblo nicaragüense le mostró sus fauces sanguinolentas y lo amenazó con continuar su escalada de terror.

¿Qué deducciones podemos extraer de los hechos anteriores?

Por supuesto, no tenemos una bolita mágica, solamente podemos compartir nuestra opinión sobre los hechos. Aquí van.

Primera conclusión. El régimen genocida de Ortega en términos estratégicos está condenado a la derrota. Lo único que puede hacer es elevar el precio de su derrota. El problema es que ese precio lo cobra con muerte, destrucción y sufrimiento. El genocida depende únicamente de la criminalidad y el salvajismo de sus bandas terroristas. El pueblo entero reclama su salida. Sus criminales asesinan, torturan, persiguen, amenazan y secuestran, pero perdió la batalla en el espacio natural de la resistencia ciudadana: Perdió las calles. Tiene la fuerza para abrir calles a punta de balazos y de muerte. Pero no tiene gente con qué llenarlas.

El símbolo más elocuente es que no tuvo capacidad para realizar la celebración del repliegue a Masaya. A pesar de las muertes, se impuso la voluntad de Monimbó. Se impuso la voluntad de los masayas. Se impuso la voluntad del pueblo. Ortega sufrió una derrota política e intentó encubrirla con un manto de sangre. Debemos reivindicar a todo pulmón como una victoria política de la resistencia, que Ortega no pudiera organizar El Repliegue.

Segunda conclusión. En su discurso del 7 de julio, Ortega no habló de Estados Unidos. No habló de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Ni de la misión del Alto Comisionado de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Tampoco habló del repliegue.

¿Cómo debemos interpretar su discurso?

Como un intento de evitar la desmoralización de las fuerzas que todavía le respaldan ante los tres fuertes golpes políticos que recibió: La aplicación de la Ley Magnitski; las declaraciones del Alto Comisionado de Naciones Unidas para Derechos Humanos y del Secretario Ejecutivo de la CIDH; su escuálida caminata y el formidable golpe que significó no poder organizar la celebración de El Repliegue.

No mencionó a Estados Unidos porque quiso evadir ante su gente el golpe político y económico que representa la aplicación de la ley Magnitski. No mencionó a la CIDH ni a Naciones Unidas, porque considera que esas son batallas perdidas. No mencionó el repliegue, porque eso significaría ponerse sal en la herida. Se limitó a explicar por qué había llegado tan poca gente, a despotricar, y a soltar una sarta de disparates, haciéndose el bravo y haciéndose el loco. Tampoco pudo ocultar su marcado deterioro físico.

Pero hay dos asuntos más. No habló de diálogo Y se burló del clamor del pueblo que exige que se vaya. Aunque un día de estos puede aparecer con otro bandazo, hablando de diálogo y reconciliación, por hoy pateó la mesa de los obispos y, lo que corresponde esperar, es un recrudecimiento de la violencia.

¿Qué hacer?

En primer lugar, participar en las actividades convocadas por la Alianza Cívica. La marcha el jueves, el paro el viernes y la caravana el viernes. Si Ortega sube la parada, lo peor que podemos hacer es bajar los brazos.

En segundo lugar, es tiempo de ampliar los espacios de concertación nacional. La Alianza Cívica ha cumplido el papel que le correspondía en el diálogo. Y si el diálogo se reanuda, en nuevas condiciones, debe seguirlo cumpliendo. Pero no basta como espacio de articulación para luchar más eficazmente contra el régimen genocida. Debemos abrir, todos, nuestras mentes, y avanzar hacia una concertación democrática más amplia. El pueblo en su lucha dejó atrás las banderas partidarias, las izquierdas, las derechas, los sectarismos y las exclusiones. Es tiempo de patria.

En tercer lugar, y por encima de todo, a pesar del salvajismo del régimen, debemos mantener los métodos de lucha pacífica. Perseverar y utilizar la creatividad, con la convicción de que la victoria de la libertad, nuestra victoria, no está lejana. Nicaragua volverá a ser república.

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