Historias de ayer y de hoy

Tortillas y tragedias

tortillas

Hay quienes aseveran que un pueblo que desconoce su historia está condenado a repetirla. La historia es la maestra de la vida, afirman otros. La verdad es que siempre es útil traer a la memoria episodios de nuestro pasado que encierran lecciones para nuestro presente. Y para nuestro futuro.

Ahora que iniciamos un año electoral es muy oportuno recordar que el 22 de enero de 1967, hace 49 años -prácticamente medio siglo- miles de nicaragüenses se concentraron en Managua para reclamar el derecho a elecciones libres. Estaban programadas elecciones para febrero de ese año. El candidato del somocismo era el tercer miembro de la dinastía, el general Anastasio Somoza Debayle.

Las fotografías de la época muestran los rostros de jóvenes, de campesinos, de mujeres, de trabajadores, de gente mayor, cobijados por rótulos y mantas que tenían como denominador común el rechazo a la dictadura y la demanda de libertad, elecciones libres y democracia. Los actores ya no son los mismos. Pero los anhelos siguen siendo idénticos.

Es revelador, cuando se revisan los periódicos de la época, que las condiciones que se exigían eran casi un calco de las de hoy: observación electoral internacional, cedulación, un órgano electoral independiente, para mencionar algunas.

Esos anhelos de libertad fueron ahogados a balazos, en el mero centro de nuestra capital, en lo que se conocía como Avenida Roosevelt. Nunca pudo saberse la cantidad de nicaragüenses que cayeron como víctimas mortales de la masacre. Pero siempre se habla de centenares de muertos y heridos.

Para esos tiempos, la dinastía somocista llevaba 30 años en el poder.

Siempre ha llamado mi atención una fotografía, tomada en ese día fatídico, donde aparece un joven, de alrededor de dieciocho años, confundido entre la multitud, enarbolando una pancarta que decía “Paz con libertad y Pan”. Una consigna que hoy cobra renovada actualidad. Ese muchacho, si tuvo la suerte de vivir, a estas alturas ya será abuelo o bisabuelo. Seguramente, a ese joven de entonces, abuelo hoy, le tocó padecer otros episodios de lucha, de sacrificios, de esperanzas truncadas y de esperanzas sobrevivientes. Cuántos, como él, son, y han sido, testigos y protagonistas de una historia que una y otra vez desemboca en tragedia.

Lamentablemente. Tristemente. A casi medio siglo de distancia, el derecho a elecciones justas, limpias y transparentes, que tanto dolor y luto ha costado a las familias nicaragüenses, está siendo pisoteado por el orteguismo, acercándonos, otra vez, al despeñadero. Nuevamente se arrincona a los nicaragüenses ante una encrucijada fatal: la resignación o la lucha; la sumisión o el enfrentamiento; el miedo o la rebeldía.

Es importante remarcar que el derecho a elegir, y a ser electo, no es un derecho político más, que concierne solamente a los políticos. Es una soberana equivocación la frase que algunos ciudadanos repiten: ¨la política no me da de comer¨.

Fíjense que no es así. Si los precios del combustible son impuestos por una camarilla de sinvergüenzas, es porque tienen poder político. Si las tarifas eléctricas son las más altas de Centroamérica y se burlan de la gente con una reducción ridícula del 4%, es porque unos zánganos tienen el poder político para hacerlo. Si no hay fuentes de empleo y la gente tiene que emigrar a otros países, es porque hay unas políticas económicas que se ejecutan en función de los intereses de los grandotes. Si los salarios no alcanzan para los gastos de las familias, es porque hay unos tiburones que se quedan con la tajada del león. Si los pequeños y medianos empresarios, al igual que los microempresarios tienen dificultades para pagar las planillas, abonar los créditos y sacar adelante sus empresas es porque unos corruptos abusan de su poder para favorecer a sus amigotes.

En fin, la tortilla, el pan, los frijoles que la gente se come hoy, o no se come, depende de la política.

El derecho a votar, el derecho a elecciones justas, debe importarnos a todos.

Es fundamental entonces sumar nuestras voces en demanda de condiciones electorales adecuadas y que se respete la voluntad de la gente expresada en las urnas. Mientras más voces y brazos juntemos, más alejaremos el fantasma de un nuevo 22 de enero.

Ya vamos tarde. Así que estamos obligados a redoblar esfuerzos y acelerar el paso.

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