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Zarpazo totalitario

Los adjetivos para calificar al régimen de Ortega se están agotando.

Enfrentamos una dictadura, ciertamente. Un régimen que aplasta derechos y libertades, comenzando por el derecho a la vida.

Pero la expresión no es suficiente.

Más que una dictadura, enfrentamos un Estado terrorista que utiliza como recurso privilegiado sembrar el terror en la población, sin considerar género, edad o condición. Todas las instituciones públicas funcionan para avasallar, acosar o aterrorizar. Desde la Unidad de Análisis Financiero, UAF, pasando por el INSS, o la Dirección General de Ingresos, jueces, fiscalías y tribunales, hasta llegar a las cuadrillas propiamente represivas. Así, las tragedias cotidianas de muerte, encarcelamientos, secuestros, persecución, se adornan con exhibiciones hitlerianas como las presentadas en días recientes por el ejército y la policía.

Dictadura. Estado Terrorista.

Pero todavía no es suficiente. Porque también enfrentamos un régimen totalitario. Las dictaduras reprimen. Los Estados terroristas siembran el terror. Los regímenes totalitarios pretenden controlarlo todo. Invadirlo todo. Todo espacio público o privado. Todo grupo, gremial, social o político, hasta entrometerse en hogares y familias. Todo centro trabajo. Todo barrio. Toda calle. Toda aldea. Hasta el empeño por controlar las mentes de la gente que es, al fin y al cabo, el objetivo final.

El cierre de El Nuevo Diario se inscribe en este rumbo demencial. Y es un indicador de que nos estamos acercando a un punto de no retorno.

En su aferramiento maníaco al poder, Ortega se mantiene a sangre y fuego, sin importarle que el país se hunda. Al dictador, lisa y llanamente, no le importa nada.

Cierre de empresas. Migraciones. Muertes. Exilios. Desempleo. Aflicciones. Delincuencia. No le importa nada. Solo atornillarse en el poder.

El cierre de El Nuevo Diario, además de pisotear de nuevo la libertad de prensa y la libre empresa, lanza a decenas de cabezas de familia a engrosar las filas del desempleo.

Todos sabemos que el periódico cambió de manos hace algunos años, en un gesto de complacencia con el régimen. Y que durante un tiempo sirvió a esos propósitos.

Pero independientemente de sus mudanzas, independientemente de sus vaivenes, independientemente de los intereses particulares de sus dueños, se trata de defender principios. Y principios son la libertad de prensa, la libertad de información, la libertad de opinión y la libertad de empresa.

Nuestra obligación, más allá de simpatías o antipatías es expresar nuestro repudio al manotazo totalitario. Nuestra obligación es expresar solidaridad con periodistas y trabajadores.

Hubiéramos preferido un editorial de cierre punzante,  con gallardía, que llamara pan, al pan, y vino al vino, y expresara con todas sus letras las razones de la clausura y no la neutra explicación de que el cierre es «debido a las circunstancias económicas, técnicas y logísticas adversas». Pero bueno. Ellos sabrán.

No somos adivinos para anticipar qué harán los dueños del periódico, ni qué harán los grupos empresariales más poderosos. Porque el zarpazo, evidentemente, tiene el propósito de someter a los grupos empresariales. Y, a decir verdad, empuja a definiciones. Comprometerse más a fondo en la lucha por la libertad, la justicia y la democracia. O desandar el camino y claudicar ante el poder del régimen.

En lo que a nosotros concierne, se impone la reflexión. Ortega nos está despeñando en el abismo. Ya estamos rezagados. Es hora de apartar mezquindades, miopías, egoísmos, intolerancias y sectarismos. Los liderazgos, en todos los niveles, son los más obligados.

Seamos claros: mientras no transformemos nuestra voluntad de cambio en un solo puño, la tragedia será más prolongada y dolorosa.

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