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¡Viva la Constitución! ….¿Cuál Constitución?

anulado 

La Constitución política es la base esencial en que descansa la convivencia pacífica y segura en una sociedad. Se le llama carta magna, ley fundamental, norma suprema y otras expresiones semejantes para reflejar que es la matriz de donde derivan las normas que hacen posible que vivan en paz, en libertad y con derechos, las personas, familias, etnias y grupos sociales.

El respeto a la Constitución es el fundamento del que derivan todas las demás normas legales que regulan la vida social. Así, las normas legales, enlazadas y formando cuerpo con la Constitución, delimitan el ejercicio del poder, establecen la estructura del Estado, garantizan el ejercicio de las libertades y derechos ciudadanos, y consignan los procedimientos y órganos para resolver los conflictos.

En 1996 se publicó una ley que declara los primeros lunes de cada septiembre como día de la Constitución Política. La misma ley manda que escuelas y colegios se dedique este día al estudio y enseñanza de la Constitución. Una ironía que en las presentes condiciones chorrea pus.

La pregunta obligada es ¿tenemos algo que celebrar?

No hay nada que celebrar porque la Constitución fue demolida y, con esa demolición, se ha dejado a la sociedad inerme ante el poder crudo y duro del monarca. Y sobre el rótulo en el que se escribió la siniestra leyenda “Aquí reposan los restos de la Constitución” también está dibujada una flecha en dirección a un camino que nos conduce hacia atrás, hacia el pasado.

Lamentablemente, Ortega y sus comparsas desmontaron las instituciones fundamentales del país y nos han colocado nuevamente en tierra donde todo vale, que también quiere decir, donde nada vale. Por supuesto que la suma no acaba en las menciones siguientes, pero anotaré los atropellos que considero tienen dimensiones históricas:

  1. La confiscación del derecho al voto. Cualquier repaso por la historia de nuestro país revela que todos los conflictos se han dilucidado por la fuerza, por la guerra. En realidad, la primera elección que cumplió ciertos mínimos fue la de 1990. La instauración del derecho al voto soberano y libre, abrió puertas para que los nicaragüenses eligiéramos a nuestros gobernantes y allanáramos el camino a una paz sólida. Ortega, al anular ese derecho con los fraudes electorales, nos ha colocado nuevamente ante los mismos dilemas fatales que como país hemos debido enfrentar a lo largo de la historia. Dilemas siempre resueltos con dolor y tragedia.
  2. La reelección presidencial. El historiador Antonio Esgueva ha publicado un voluminoso estudio sobre la reelección presidencial en Nicaragua. Una obra que hay que leer. La reelección siempre fue motivo de disputas, conflictos y guerras. Ortega, al imponer la reelección por encima de la Constitución, nos ha colocado nuevamente ante la misma cuesta empinada y pedregosa.
  3. La aniquilación de los otros poderes del estado. Para garantía de los ciudadanos, el ejercicio del poder debe ser resultado de equilibrios entre los distintos órganos del Estado, con sus competencias y atribuciones. Ortega controla ahora todos los espacios públicos. No hay, ni en la más remota alcaldía del país, ningún espacio que escape al control del monarca.
  4. La anulación de los períodos para ejercer cargos públicos. Nos llevaron a un punto en que estamos en manos de funcionarios de facto, con períodos vencidos. Desde los ocupantes de la Corte Suprema de Justicia, que se supone administran la justicia y tutelan la supremacía de la Constitución, hasta la jefatura de la policía nacional, la Fiscalía de la República o los ilustres del poder electoral. La aberración llega al extremo de que los ilegales aplican leyes inexistentes y en contra de leyes expresas, declarando ilegales a quienes actúan al amparo de la ley.
  5. Finalmente, la tapa al pomo: La ley del canal. Mediante esa ley se convirtió en polvo la soberanía nacional, se demolieron los principios fundamentales de la Constitución y arrasaron garantías y derechos ciudadanos y se desarticuló la estructura misma del estado nacional. El monarca político abdicó en manos del monarca empresario. Dos máscaras distintas y el mismo fantasma: Pedrarias reencarnado.

¿Tenemos entonces algo que celebrar?

No. Lo que tenemos es el reto de luchar por recuperar los derechos, las garantías y las instituciones confiscadas por Ortega.

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