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La madre del cordero: la productividad

el espeque

Cuando se habla del atraso de Nicaragua en relación a los demás países centroamericanos usualmente se mencionan indicadores como el producto interno bruto, los niveles de pobreza, el monto de las exportaciones; pero poco se habla de una de las principales raíces de ese atraso, que es la productividad.

Tal vez porque la palabra tiene unas connotaciones técnicas, poco atractiva en términos mediáticos, es un tema que no se aborda y, en verdad, estamos hablando, como se dice coloquialmente, de la madre del cordero.

Voy a intentar explicarlo. Comencemos por definir qué es productividad. En palabras simples es el rendimiento que se obtiene, en productos, como resultado de la utilización de determinada cantidad de factores de producción.

Si, por ejemplo, hablamos de sillas, la productividad mide la cantidad de sillas que se producen en relación al número de carpinteros. Hablamos entonces de productividad del trabajo. Puede medir la relación entre el número de sillas y el capital invertido en serruchos, martillos y demás gastos conexos. Entonces hablamos de productividad del capital. Si combinamos capital y trabajo hablamos de productividad en general.

Pongamos el ejemplo de los frijoles. La productividad relaciona los quintales cosechados con la cantidad de tierra cultivada, o la mano de obra empleada, o el capital invertido.

El gran problema en Nicaragua es que la productividad es muy baja. Es decir, que los rendimientos son muy bajos, lo que se traduce en bajos niveles de producción y en consecuencia, bajos ingresos y bajos salarios. Para ver cómo vamos, no es necesario compararnos con los otros países centroamericanos. Podemos hacerlo al interior de nuestra economía, comparando distintos momentos.

Analicemos los productos más importantes. Comencemos con los frijoles, que es uno de los alimentos básicos de la dieta de los nicaragüenses. El rendimiento promedio por manzana fue en el 2012 de 11.7 quintales. ¿Saben cuánto era en 1963? Hace medio siglo era de 14.4 quintales por manzana. Casi 3 quintales más. Es decir, en este rubro hemos ido como el cangrejo, para atrás. Ceteris paribus, como dicen los economistas (manteniendo las condiciones iguales), con sólo alcanzar los rendimientos de hace 50 años la producción de frijoles se elevaría casi en un 30%.

Pasemos al café, que es nuestro principal rubro de exportación. El rendimiento por manzana en el 2012 fue de 11.5 quintales por manzana. Y en 1978 era de 10.5 quintales. Es decir, que en 35 años, ha aumentado en un quintal por manzana. O sea, nada.

Veamos la ganadería, que es la principal actividad económica del país. Una referencia clave es el precio promedio de los novillos que se sacrifican. En 2012 el peso promedio fue 360 kilos; en el 2010, 372 kg; y en el 2004, 380 kg. ¿Y saben cuánto era el peso promedio en 1973? 384 kg.  ¡24 kilos más era el peso promedio por novillo hace 30 años!

¿Les parece mentira? Pero no es invento mío. Cualquiera puede corroborar esos datos analizando las estadísticas del Banco Central.

Y no se crea que en el gobierno de ortega estos indicadores han mejorado. En el ganado, ya vimos cómo se ha retrocedido respecto al 2004. En frijoles, en 2005 el rendimiento fue 12 quintales por manzanas y en 2012, 11.5. Y café, en 2005 fue 11.5, igual que en 2012. Otro rubro, el maíz, tuvo un rendimiento de 22.4 quintales por manzana en 2006 y bajó a 21.2 en 2012.

Si este es el comportamiento de la productividad en los alimentos de la dieta básica (frijoles y maíz), en la principal actividad económica (la ganadería) y en el principal producto de exportación (el café)… hablemos pues de crecimiento y de desarrollo económico.

Si en la productividad está el pegón, la pregunta del millón es cómo mejorar esos rendimientos.

No hay recetas mágicas. Más capital y más tecnología. Más capital significa más financiamiento, público y privado. Y más tecnología significa mejores semillas, mejores técnicas de cultivo y sanidad vegetal, riego, investigación aplicada y mano de obra calificada (más y mejor educación). Por supuesto, un conglomerado de servicios eficiente y un marco institucional estable y transparente.

Eso significa gobierno progresista y diligente, auténtico espíritu empresarial, reglas de juego claras y visión de largo plazo. No es cuestión de discursos, pajaritos preñados o quimeras delirantes.

¿Es posible lograrlo? Claro que es posible. Si ya se alcanzaron mejores rendimientos hace 30, 40 y 50 años ¿por qué no hacerlo ahora?

¿Y qué esperamos para hacerlo?

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