Arte y CulturaHistorias de ayer y de hoy

La Victoria de Samotracia y la “calle de la amargura”

victoria de samotracia

Federico
A Federico Clough lo recuerdo como un hombre alto, de rasgos “costeños” –así le decíamos en esa época a los afrodescendientes del Caribe nicaragüense que se venían al Pacífico-, con un gran canasto de pan en la espalda pregonando su venta, con un acento singular. El alcohol lo mató. Pero antes lo fue desgajando en pedazos, día a día. Un destino en el que se desbarrancaron un puñado de hombres y mujeres que se posesionaron de toda una calle y la convirtieron en su “tumba y residencia”. La gente encontró a la calle el nombre apropiado: la calle de la amargura.

En la “calle de la amargura” habían 17 cantinas en tres cuartos de cuadra, enfiladas a lado y lado. La calle, más bien, la cuadra, se encontraba partida en medio por una zanja de concreto que la cruzaba de esquina a esquina, herencia de la base naval gringa instalada en Corinto durante la segunda guerra mundial. La zanja servía de albañal donde se descargaban las “aguas negras” y la basura de viviendas y cantinas. La Negra Julia, Orochena, la María del Carmen, Pelo de ñaña, La Coco, La Lunar de pelo, La Paya…son algunas de las cantinas que recuerdo.

Yo crecí ahí. En la calle de la amargura. Junto a mis seis hermanos. Entre borrachos, pleitos, rockonolas, cantinas, una que otra “naguachinga” y bazukeros… El loquillo, el payaso, la juana sin calzón, la consuelo, los chilillos…

Y debo decir que recuerdo con afecto a mis compañeros de juegos de infancia y temprana adolescencia, unos más creciditos que otros: pedromula, trompa, timba, bota-agua, cocoliso, tamayeya, chachalaca, pan-choco, chipilo, batata…a veces reforzados por los de la calle vecina: patetuis, el loco tus, popocho, toñopelocolorado, los caldillo. Machasitos, nos decía Federico, porque nunca aprendió a pronunciar “muchachito”.

Entre copa y copa se acaba mi vida, llorando borracho tu pérfido amor/…Me cansé de rogarle, me cansé de decirle que yo sin ella de pena muero/…Llegó, borracho el borracho, del brazo del cantinero…Fueron parte de las tonadas que acariciaron mis oídos infantiles.

Recuerdo una vez que pasé dos días con sus noches con un dolor de oído al que de nada sirvieron los chupones calientes de gas con vaporub…En la rockonola de la cantina vecina, un enamorado pasó poniendo una y otra vez la canción de un grupo venezolano llamado “Las Cuatro Monedas”…no, no seas así mi amor…je-y-jei…No me maltrates…el corazón…te necesito….no te me vayas… Desde entonces no puede dolerme el oído sin escuchar el eco de las Cuatro Monedas, ni escuchar las Cuatro Monedas sin que me duela el oído.

¡Y todavía hay quien se asombra de mi incapacidad para disfrutar disfrutar a Mozart o a Mandel!.

Los bazukeros vivían en las aceras de las cantinas, bajo lluvia, bajo luna y bajo sol. La mirada a veces perdida en sabe Dios qué añoranzas o frustraciones, en apagados diálogos misteriosos con vaya usted a saber con cuál de los diablos azules. Desgreñados, sucios, babeantes, vociferantes y a veces amables. Amarga vida. Les llamaban bazukeros porque no tenían para comprar aguardiente. Cuando no encontraban quién les regalara “un trago” calmaban sus apremios con un “bazukazo”: una explosiva mezcla de alcohol, agua y limón.

Ahí –y así- también pasó Federico los últimos años de su vida.

No recuerdo la muerte de Federico. Decían que había sido guardia, cuando vivió en la Costa Caribe.

¿Y qué tiene que ver nuestro Federico con la Victoria de Samotracia? Ya lo verán…

La Victoria de Samotracia
En las primeras etapas del somocismo, una de las penas que se aplicaba a los políticos opositores era el confinamiento. A los condenados se les enviaba a una zona remota, usualmente ubicada en el litoral del Caribe.

A Manolo Cuadra, por razones políticas lo confinaron en los años treinta, junto con dos compañeros más, en Little Corn Island. Como testimonio de ese confinamiento escribió “Itinerario de Little Corn Island”. Una deliciosa pieza de la literatura nicaragüense en la que se relatan la soledad, el abandono, el ocio, las esperanzas y las humanas pequeñeces de los protagonistas. En mi opinión, Manolo Cuadra es uno de los intelectuales nicaragüenses más sólido y agudo pero cuya brillantez solamente es ahora conocida por un círculo reducido de personas.

Un episodio memorable de esa estancia es la ocurrencia de Manolo de encaramarse en el faro de la isla, a pleno sol, completamente desnudo, y adoptar una pose semejante a la Victoria de Samotracia. Manolo describe su imitación de la famosa escultura helénica, expresión sublime del arte universal, de la siguiente manera. “Los brazos, como dos remos llenos de músculos señalan el norte y el sur; el pecho combado hacia adelante, levantada la frente, un pie tocando apenas tierra con la punta de los dedos, dando al cuerpo un aire casi alado”.

Aquel fantasma desnudo e inmóvil, encaramado en el faro, a los habitantes de la isla les resultó una aparición sobrenatural. Se reunieron en nutrido grupo para observarla en la distancia; después, pudo más el miedo que la curiosidad y salieron en barajustada a buscar a la única autoridad de la islita: un guardia nacional. El guardia, según relata Manolo, se llamaba Federico Clough.

El misterio a desentrañar ahora es si el Federico de Manolo, es el mismo Federico de mi infancia.

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