Pedro Joaquin Chamorro, caminando por los escombros de Managua despues del terremoto del 72 LP

No es preciso ser especialista en sociología política o de ciencias políticas para saber que los procesos, las dinámicas y las luchas políticas tienen una dimensión simbólica. Los imaginarios sociales, las tradiciones, las creencias, las ideologías, se manifiestan en símbolos. De hecho, aunque no lo parezca, una de las dimensiones del poder, junto a las fuerzas represivas, el poder económico o el poder institucional, es el poder simbólico.

Lo anterior puede parecer teórico o académico. Pero no. No nos equivoquemos. Es profundamente real. Algunos pueden pensar que es un detalle menor, pero en verdad es un factor de la mayor trascendencia. Los símbolos son factor de identidad, de cohesión y de movilización política. No solamente evocan, sino que inspiran y convocan.

¿Y qué son los símbolos?

La forma más fácil de explicar es con ejemplos.

La bandera azul y blanco se transformó en el símbolo de la lucha en contra de la dictadura de Ortega. Ese símbolo expresa un sentimiento, una convicción y una posición política. Por esa razón la dictadura reprime con rabia a los portadores del símbolo.

O preguntémonos ¿Por qué destruyó Ortega el Parque de la Paz donde estaban enterradas simbólicamente las armas de la década de los noventa? Porque ese símbolo le estorbaba.

Sin embargo, los símbolos deben ser animados de un discurso, de una práctica y de unas ideas.

Traigo a colación estas reflexiones con ocasión de que el próximo 10 de enero se conmemora un aniversario más del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Y precisamente, Pedro Joaquín -su ejemplo vital, su práctica y su ideario- debe ser, en nuestra opinión, uno de los símbolos que inspire y nutra la construcción de la democracia.

Múltiples son los legados de Pedro Joaquín. Por razones de espacio únicamente subrayaremos tres.

Primero, el legado de la coherencia. Coherencia entre lo que se predica y lo que se practica. Desde el micrófono, en la radio. Desde la tribuna política, en la calle. Desde su máquina de escribir, en el diario La Prensa, como periodista. Como empresario, abriendo una brecha al distribuir entre el personal parte de las utilidades de la empresa. Desde la cárcel, repetidamente. O desde el confinamiento y el exilio. Porque le tocó sufrir el desarraigo. Y desde el fusil, cuando le tocó hacerlo. Enfrentado siempre a la dictadura militar y al poder económico, sin concesiones.

Segundo, el legado de sus ideas. Además de un hombre de acción, Pedro Joaquín fue un hombre de pensamiento. Un pensamiento visionario que a cincuenta años y más, preserva vigencia, pertinencia y frescura. En ese pensamiento es posible identificar algunos pilares claves: la reivindicación de la democracia y de los derechos y libertades ciudadanas. La justicia Social es otro de los pilares de su pensamiento: sus propuestas persistentemente tenían en su base la creación de oportunidades para los pobres. Y un profundo amor a su patria. Pero no como una noción abstracta sino una patria que se podía ver, como el lago de Nicaragua o los atardeceres de Managua, para quienes escribió primorosas frases. O que se podía tocar, en su gente, o escuchar en sus pájaros y el rugir de sus volcanes. Un convencido de la autodeterminación y de la Independencia nacional. Y un hombre incorruptible, empeñado en una lucha tenaz en contra de la corrupción.

El tercer legado es el moral. Este legado es de un especial valor porque la mayor necesidad que tenemos ante los desafíos que afrontamos como sociedad es de fuerza moral. La sociedad nicaragüense, a partir de abril levantó su frente y enarboló la dignidad y la libertad como banderas. Pero requerimos alimentar ese caudal. En Pedro Joaquín encontramos un caudal inagotable de fuerza moral.

Estos son los algunos de los legados de un hombre decente, que soñaba construir y vivir en un país decente.

La memoria de Pedro Joaquín nos traslada al presente. Es triste reconocer que nuestro pasado, no termina de pasar. El presente sigue siendo el pasado que vuelve una y otra vez a renacer en el presente. Los viejos y nefastos fantasmas se niegan a morir.

José Santos Zelaya, su dictadura y su aferramiento al poder, está vivo. Emiliano Chamorro, su entreguismo y su caudillismo de décadas, está vivo. Anastasio Somoza García, que hizo del país su finca e impuso una dinastía familiar, está vivo. Fernando Agüero, sometido al dictador por medio del pactismo a cambio de prebendas, está vivo. Anastasio Somoza Debayle, con su cruel dictadura, está vivo.

Todos ellos son cofrades del dictador de turno. Todos estos fantasmas viven y se regodean en el régimen dictatorial impuesto por Ortega.

Conclusión: Luchar para derrotar la dictadura de Ortega debe significar, a la vez, luchar, derrotar y enterrar de una vez y para siempre a esos fantasmas del pasado. Fantasmas que también gravitan dentro de nuestras cabezas.

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