Los testigos mudos

Hace algunas semanas compartí con ustedes lo acontecido en Venezuela, con el diálogo propiciado por el Vaticano entre el gobierno de Nicolás Maduro con la Mesa de Unidad Democrática.

En esa oportunidad mencionamos que, en diciembre del 2015, el régimen de Maduro sufrió una aparatosa derrota en las elecciones parlamentarias. Como resultado, la oposición aglutinada en la Mesa de Unidad Democrática pasó a controlar la mayoría del poder legislativo. La reacción del régimen dictatorial fue cercenar las facultades de la Asamblea Nacional utilizando distintas artimañas, valiéndose del control sobre los poderes del Estado.

La crisis mayor detonó cuando el Consejo Nacional de Elecciones eliminó mediante marrullerías la realización del referéndum revocatorio establecido constitucionalmente, mediante el cual el pueblo venezolano se pronunciaría sobre la permanencia, o no, de Maduro en el poder. Se convocó a un diálogo para “resolver” la crisis. Dicho diálogo se desarrolló bajo la mediación del Vaticano. El enviado del Papa fue Monseñor Claudio María Celli. Participaron como acompañantes los expresidentes Leonel Fernández, de República Dominicana; Rodríguez Zapatero, de España; Martín Torrijos, de Panamá y, y el Secretario General de UNASUR. Algunos de ellos en verdad eran cómplices del régimen.

El 12 de noviembre del 2016, el representante del Papa anunció los acuerdos, que incluían una amplia gama de temas, desde el ingreso de ayuda humanitaria, pasando por liberación de prisioneros políticos y nombramiento de nuevos magistrados en el tribunal electoral. Por supuesto, Maduro no cumplió ninguno de los compromisos. Pero ganó tiempo y recuperó oxígeno. El representante del Vaticano se fue y los acompañantes también.

El Cardenal Baltazar Porras, Administrador Apostólico de Caracas, sentenció el asunto al expresar que el Vaticano lo que obtuvo del Gobierno de Maduro fue “una burla. Hay que llamar realmente así a las veces que se ha convocado al Vaticano”.

Una vez que sintió superada la crisis, Maduro tomó la ofensiva, convocó a una Asamblea Constituyente y después a elecciones presidenciales. La comunidad internacional calificó de espurias ambas elecciones, pero Maduro sigue en el poder.

La secuela de ese diálogo fue la división de la oposición venezolana, la aniquilación de la credibilidad de la MUD, hasta llevar a su desintegración. El pueblo venezolano siguió pagando una alta cuota de sangre, prisión, penurias y exilio. Y allí están otra vez, oposición y régimen dictatorial enfrascados en una nueva negociación. Ya perdí la cuenta de cuantas negociaciones llevan.

¿Por qué razón hacer esta rememoración de lo acontecido en Venezuela?

Lo hacemos para escarmentar en cabeza ajena. Sabemos que Ortega canceló de un tajo la mesa de negociación. Sabemos también que aquí se designaron como testigos y acompañantes al Nuncio Apostólico, Monseñor Sommertag, y al representante de la Secretaría General de la OEA, el ex ministro de defensa del gobierno de José Mujica, Luis Ángel Rosadilla.

Pero lo que no conocemos es el testimonio de los testigos.

Conforme el diccionario de la Real Academia Española, testigo es la persona que da testimonio de algo, o lo atestigua. Y testimonio significa declaración de la verdad de un hecho que realiza una persona que ha sido testigo del mismo.

A esta fecha ni como testigos ni como acompañantes han dicho esta boca es mía. El pueblo nicaragüense tiene derecho a saber y a exigir al señor Nuncio Apostólico y al Señor Rosadilla que den testimonio de lo acontecido en la Mesa de Negociación.

De lo contrario ¿para qué sirven los testigos y acompañantes? Si son testigos mudos. ¿Para qué sirven unos testigos mudos?

Que conste. Esta demanda no es una desconsideración a la investidura del Nuncio. El señor Nuncio no es un representante religioso. Es un representante político. Es un representante del Estado del Vaticano. Es importante recordar que El Vaticano es un Estado, que tiene su encargado de relaciones exteriores. Y el Nuncio depende de la secretaría de relaciones exteriores de ese Estado.

El pueblo nicaragüense sufre un calvario a causa del capricho de Ortega de aferrarse al poder a sangre y fuego. Y para una salida negociada requiere testigos y mediadores creíbles. Sin embargo, si los testigos de la mesa de negociación no dan cuenta al pueblo de la verdad, tenemos legítimo derecho a preguntarnos si el Vaticano y la Secretaría General de la OEA, o al menos sus representantes en la mesa de negociación, merecen la confianza del pueblo nicaragüense. Si siguen como testigos mudos, no merecen esa confianza.

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