25 de febrero: el mismo pantano y la misma cruz

 


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Milicianas

Hace menos de 30 años, en un día como hoy, 25 de febrero, el pueblo nicaragüense cumplió una jornada de dimensiones históricas. Las nuevas generaciones deben grabarlo en su memoria y las viejas generaciones debemos recordarlo, que ese día, el pueblo de Nicaragua, por primera vez en su historia, tuvo la oportunidad ejercer su derecho soberano a decidir sobre su futuro, mediante el voto.

Y esto también hay que decirlo. No es cierto que fueron unas elecciones plenamente democráticas, porque la oposición participó en condiciones claramente desventajosas. El pueblo desafió con valentía la intimidación y el entorno adverso, y votó. Al final, por las razones que hayan sido, el hecho es que se respetó la voluntad popular.

El pueblo decidió por la libertad. Por la democracia. Por la paz. Por la reconciliación. El pueblo decidió por el cambio.

Antes de seguir, una aclaración. No voy a venir ahora de fariseo, a golpearme el pecho o colocarme en el papel de renegado. Aunque personalmente nunca ejercí cargos políticos ni militares, y siempre estuve en la llanura, yo voté por el Frente Sandinista en 1990. Pero eso no me impide repasar y aprender de la historia de nuestro país, con sensatez, con responsabilidad. No solo tengo el derecho. Tengo la obligación de hacerlo. Es más, todos estamos obligados a aprender de la historia. Las enseñanzas de la historia son como un mirador que ayuda a no tropezar con la misma piedra ni caer en el mismo pantano.

Pero aquí estamos. Menos de 30 años después. Con la misma cruz a cuestas. Tropezando con la misma piedra y en el mismo pantano.

¿Qué reflexiones, qué lecciones podemos extraer de aquel 25 de febrero?

Comencemos por recordar las condiciones en que se encontraba nuestro país hace menos de 30 años.

Vivíamos en una sociedad profundamente fracturada, con una guerra que dejó decenas de miles de muertos y mutilados. Todos nicaragüenses. Jóvenes, niñas, niños, adultos, mujeres, de lado y lado. Una guerra que dejó dolor, luto, destrucción. Y odio. Unas heridas y un trauma social que todavía no terminan de sanar.

Vivíamos en un país sin libertad de prensa, con la gran mayoría de los medios de comunicación bajo control de un partido. Y aquí estamos. Con medios de comunicación clausurados, periodistas encarcelados, en el exilio o perseguidos.

Vivíamos en un país donde ser opositor lo encasillaba a uno como peón del imperio, enemigo del pueblo, en el mejor de los casos.

Vivíamos en un país donde el derecho a la organización, a la movilización, a la libertad sindical se encontraban cercenados y permanentemente amenazados. Y aquí estamos, otra vez en las mismas.

Vivíamos en un país donde el aparato judicial, las alcaldías, la Asamblea Nacional, y no sigamos, todos los poderes del Estado se encontraban bajo el control de un partido político. Y aquí estamos. Todavía peor. Porque ahora están bajo control de una persona.

Un país endeudado, con una profunda crisis económica, altos niveles de desempleo. Y aquí estamos de nuevo. Con una deuda externa creciente, grave crisis económica y desempleo galopante.

Un país donde la policía y el ejército obedecían al mando y ordeno de un partido político. Y aquí estamos.

La herencia de Ortega, hoy, es la misma herencia de ayer. Y peor. Porque, a decir verdad, en los ochenta había un partido hegemónico, pero no había ni caudillo ni familia gobernante, ahora, a la herencia de los 80, Ortega le suma una losa similar a la dinastía somocista.

Frente a las encrucijadas que tenemos por delante. Una de ellas nos remite al ejército. Y esto debemos decirlo con todas sus letras. Nosotros debemos plantearnos, con responsabilidad y seriedad si en realidad necesitamos un ejército.

Debemos reconocer los esfuerzos que se hicieron por transformar un ejército de partido, en un ejército nacional. Por primera vez en nuestra historia. Y aquí hay que ser objetivos y reconocer el papel de los generales Humberto Ortega, Joaquín Cuadra y Javier Carrión, y la generación de militares que acompañaron el empeño de institucionalizar el ejército. Pero aquí estamos de nuevo. El esfuerzo se estancó y comenzó a revertirse con Daniel Ortega en el poder. Se derribaron los pilares de la institucionalidad militar y se desplomó la confianza del pueblo.

Y esto no puede tratarse con lente ideológico o ímpetu irreflexivo. La vía democrática es que el pueblo decida el futuro del ejército en un plebiscito. Que el pueblo decida si quiere, o no quiere ejército. Debe ser parte de la agenda de la democratización.

Aquí en nuestro vecindario tenemos ejemplos. Costa Rica padeció una guerra civil en 1948. Con la paz, abolieron el ejército. No tienen ejército y es el país centroamericano más estable; el país donde sus ciudadanos gozan de un marco de libertad y derechos. Con sus problemas, es cierto, pero con los mayores niveles educativos, la economía más competitiva y los mayores índices de bienestar. Comparemos con la historia reciente de Honduras, Guatemala y El Salvador.

25 de febrero. Un día para reflexionar sobre nuestro pasado y, sobre todo, sobre nuestro futuro.

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