Una pionera de la política

 

 

Mi vida entera, desde mi niñez, ha estado ligada a la política, me dijo en una ocasión. No puedo hablarte de mi vida sin que esté de por medio la política. 

Una pionera, que abrió brecha en la participación política de las mujeres nicaragüenses. La niña Miriam, como también se le llamaba, ingresó a la política muy joven, desde finales de la década del cincuenta. Tiempos en que la política era terreno prohibido para las mujeres. Siempre se definió como conservadora y perteneció a distintas expresiones del conservatismo.

Falleció la doctora Miriam Arguello, pocos días antes de cumplir 92 años.

Nunca se casó. Nunca tuvo hijos. Ni siquiera novio.

¿Y por qué no se casó Doctora? Le pregunté una vez. Ella respondió: Creo que como en política hay tantos revoltijos, yo tuve que poner un muro a mis compañeros, no permitir que se sobrepasaran por el bien de ellos y por protección mía. Y como siempre estuve en política nunca permití acercamientos. Había uno por allí que me gustaba. Pero no pasó de allí.

Más de sesenta años de vida política activa le llevaron a asumir decisiones controversiales. Definitivamente, la doctora Arguello no era monedita de oro para caerle bien a todo mundo. De hecho, es previsible que algunos expresen críticas al presente escrito. Sin embargo, ni el más pintado de sus adversarios puede objetar sus virtudes. Destacaremos dos rasgos irrefutables de su personalidad:

Ante todo, una ciudadana honrada. Después de tan extensa carrera política vivía de su pensión y trabajaba en su pequeña floristería, un negocio al que le dedicó también más de sesenta años. La decencia era su lujo. La última vez que la visité discutía con su contador, punto por punto la declaración de impuestos del negocio.

La coherencia fue otra de sus virtudes. Una mujer que no tenía pelos en la lengua. Decía lo que pensaba, y hacía lo que decía.

Opositora frontal contra el Frente Sandinista en la década de los ochenta, sufrió persecución y cárcel. Tal vez algunos contemporáneos recuerdan que, con propósitos de escarnio, los medios de la época publicaron una fotografía donde aparece con el uniforme de la prisión. Igual que lo repite ahora el régimen de Ortega exhibiendo a las prisioneras del presente. Y el motivo es el mismo: luchar cívicamente por la democracia.

La niña Miriam me resumió su experiencia de la cárcel en las siguientes frases:

Esos cinco meses en prisión, conviviendo con asesinos, abigeos y delincuentes comunes, me permitió conocer mejor lo que es nuestro país porque tuve oportunidad de palpar realidades que no conocía.

En los noventa fue electa diputada por la Unión Nacional Opositora, UNO, y ejerció la presidencia de la Asamblea Nacional en años ásperos: 1990 y 1991.

Entre otros recuerdos, guardo uno imborrable. A fines de los noventa, un grupo de organizaciones políticas hacía esfuerzos por estructurar lo que llamábamos la tercera vía, para salir al paso al pacto de Ortega y Arnoldo Alemán. En una oportunidad nos comisionaron para realizar una gira a los municipios del norte. La idea era contactar y organizar a líderes locales, opositores a los dos caudillos. Cuando salimos de Managua le pregunté dónde íbamos a dormir y qué íbamos a comer. No te preocupés, me respondió, que vamos bien aliñados, y señaló unas bolsas. Cuando me enteré qué había en las bolsas ya estaba en la sin remedio. Una contenía galletas simples. La otra, naranjas, y la tercera era un morralito de queso. Y así me mantuvo todos los días de la gira, a punta de galletas, queso y de chupar naranjas. Así era la doctora Arguello.

Una de sus decisiones más controversiales fue participar en la convergencia, como aliada del Frente Sandinista, en las elecciones del 2006. Resultó electa diputada. Sin embargo, fiel a sus principios, se apartó de la alianza en rechazo a la reelección de Daniel Ortega. Y lo hizo público.

Un detalle que poco se sabe es que Miriam Arguello resumía en sus venas la trágica historia de Nicaragua. Era tataranieta de dos personajes históricos que se enfrentaron a muerte, en uno de los episodios más sangrientos de nuestro país.

En las primeras elecciones realizadas en Nicaragua, después de la independencia, resultó electo como Jefe de Estado, Manuel Antonio de la Cerda. Y como vicejefe, Juan Arguello. Pronto se impusieron las intrigas, contradicciones políticas y ambiciones de poder. Estalló una de las guerras más sangrientas del siglo XIX. Al final, De la Cerda terminó fusilado y Arguello murió en el exilio. Pues bien, ambos, Arguello y de la Cerda, por esas paradojas de la vida, eran tatarabuelos de la niña Miriam.

Terminemos con una última estampa. Le pregunté qué enseñanzas le dejaban tantos años en la política. Me respondió: He aprendido que uno no debe andar como juez, juzgando a todo mundo. Yo lo hacía. Pero aprendí que en todas partes hay perversidades y bondades, gente perversa y gente buena. Todos cargamos con miserias humanas. La lección es la tolerancia.

La segunda lección es que un pueblo ignorante es un pueblo manipulable. La falta de cultura y educación no es una casualidad. Los gobernantes no dan educación al pueblo con un propósito definido: tener la posibilidad de manipular para perpetuarse en el poder. Tenemos que educar al pueblo.

Que descanse en paz, la niña Miriam.

 

 

 

 

 

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