¿Tenemos un consenso social por la democracia?

El estallido social que se produjo en abril a causa de los desmanes, embustes y abusos cometidos por el régimen de Ortega, tuvo como principal característica su espontaneidad. Ni liderazgos personales, ni convocatorias predeterminadas, ni organización centralizada, ni una estrategia predefinida.

La expresión que mejor define la forma organizativa y movilizativa de esta acción colectiva es autoconvocados. En cada barrio, en cada municipio, en cada sector, en cada ciudad, cada quien ha tomado sus propias iniciativas.

De esta manera, los cabecillas del régimen genocida, acostumbrados y adiestrados a las conspiraciones y a los juegos macabros, siguen dando palos de ciego tratando de descabezar el movimiento. Matan, torturan, amenazan, persiguen, encarcelan, saquean, acosan, enjuician. Todo en vano: allí está viva y coleando la formidable resistencia del pueblo. No son capaces de entender la naturaleza de este vigoroso movimiento social.

De hecho, el pasado sábado once de agosto la lucha cobró nuevos bríos. Miles y miles de “golpistas” llenaron las calles, exigiendo libertad para los encarcelados. Los golpistas marcharon debidamente armados con sus banderas azul y blanco. La embestida criminal que pretendió someter por el terror las aspiraciones de libertad del pueblo nicaragüense se estrelló con el espíritu de lucha de mujeres, jóvenes, ancianos, ancianas, adolescentes, hombres.

Sin embargo, en la etapa actual es imprescindible avanzar en formas de concertación y de organización mínimas. Ciertamente, la cacería desatada por el régimen obstaculiza la construcción de espacios abiertos de deliberación donde la gente pueda reunirse, debatir y acordar estrategias, pautas organizativas o puntos de consenso.

Y aquí emerge otro rasgo admirable de la insurrección ciudadana: por encima de la persecución y el acoso, a partir de las consignas espontáneas que se corean en las manifestaciones, de los debates en las redes sociales, de las pancartas, de conversaciones, de las intervenciones en los programas radiales y televisivos, el pueblo ha ido configurando sus propios consensos.

Con la intención de contribuir a orientarnos, hemos intentado recapitular lo que escuchamos de la gente y presentar de manera ordenada lo que en el momento actual pensamos que son las bases de ese consenso social por la democracia. Naturalmente, no incluimos en este consenso a quienes masacran al pueblo ni a quienes les aplauden.

Aquí van:

El primer consenso es la exigencia de libertad para nuestras prisioneras y prisioneros políticos. El régimen pensó que con su despiadado acto de expulsión de las madres que mantenían su vigilia dolorosa en el Chipote aplastaría los reclamos. Lo que lograron fue que el pueblo entero asumiera como bandera la libertad de los prisioneros. Lo irónico es que Ortega en su juventud guardó prisión por acciones armadas en contra del somocismo, ahora, como tirano, no tiene clemencia ni de los prisioneros, ni de sus hijos, esposas y madres.

El segundo consenso que se mantiene es la lucha pacífica. A pesar de la embestida criminal del régimen genocida, el pueblo sigue luchando por su libertad en una extraordinaria jornada pacífica, enarbolando la bandera azul y blanco como su arma. Tan poderosa es esta arma que desencadena la furia de los criminales. La bandera de la patria es hora un símbolo subversivo. El pueblo exige castigo para los genocidas, como acto de justicia, sin odio ni ánimo de venganza.

Un tercer punto central de consenso es el respaldo a la Conferencia Episcopal en su papel de mediador en la búsqueda de una salida negociada. Si bien Ortega, en su afán de desmantelar el diálogo y sustituirlo por uno de los circos que acostumbra, les llama golpistas y terroristas, la imagen de los obispos y de la iglesia católica se ha agigantado a nivel nacional e internacional. En este marco, la Alianza Cívica, el espacio de concertación nacido al impulso del diálogo, sigue contando con la confianza mayoritaria de la población.

Un cuarto punto de consenso es la exigencia de cesar la represión y desarmar y disolver el ejército ilegal construido por Ortega. Este ejército ilegal, formado por policías disfrazados de civil, ex policías, mercenarios y ex miembros del ejército, recibió licencia para matar y violentar todos los derechos, con la garantía de impunidad. No habrá paz mientras ese ejército mercenario se mantenga en armas.

Un quinto punto es el respaldo al papel de la comunidad internacional. Si bien estamos conscientes de que el peso de la lucha corresponde a los nicaragüenses, se reconoce, se agradece y se anima la contribución complementaria esencial de entidades como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la Organización de Estados Americanos, la Unión Europea; al igual que las gestiones que cumplen gobiernos amigos.

Un sexto punto es necesidad de consolidar la unidad nacional, por encima de partidos, alineaciones ideológicas, izquierdas, derechas, o posturas excluyentes.

El último punto de consenso -y el fundamental- es que Ortega deje el gobierno antes del 2021. No obstante, en este punto hay variantes que deberemos resolver: Unos proponen un plebiscito; otros reclaman elecciones generales anticipadas; otros elecciones para una Asamblea Constituyente; y otros lisa y llanamente que se vayan y que se instale una junta de gobierno.

El denominador común es que todos estamos convencidos de que mientras Ortega y su camarilla permanezcan en el poder el país seguirá desangrándose y despeñándose en el abismo. Y no habrá paz, ni justicia, ni libertad, ni democracia, ni seguridad para nuestras familias, ni futuro.

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