Un camino de espinas

 

Conversando con un periodista extranjero, me preguntó cómo se explicaba que unas reformas a la seguridad social desencadenaran semejante estallido social. Respondí al periodista que esa fue la gota que rebalsó el vaso, porque detrás había todo un rosario de agravios. Como la magnitud de la tragedia puede hacernos olvidar nuestro pasado reciente, me pareció útil compartir con ustedes lo que manifesté al periodista.

Aquí vamos.

Podemos ir más atrás, pero comencemos con las elecciones municipales del 5 de noviembre. A pesar de contar con el control absoluto del sistema electoral y de jugar con los dados cargados, al régimen no le bastó. Se robó abiertamente las elecciones en varios municipios. Y no solo eso, reprimió por la vía de la policía y de sus grupos de choque a la población local que reclamaba respeto al voto. Hubo muertos, heridos y presos, incluyendo mujeres embarazadas. Recordémoslo. Fue hace poco. Muertos, heridos y presos. Por supuesto, no se registró ni un solo proceso judicial por las muertes de opositores locales.

En esa oportunidad, la abstención masiva que volvió a expresarse en las elecciones municipales irritó al genocida, quien la emprendió en contra de los ciudadanos que en ejercicio de su derecho resolvieron no prestarse al juego y los acusó de promover la guerra. Arremetió también públicamente, desde entonces, en contra de Monseñor Silvio Báez.

Sigamos. Por vía de un comunicado de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la CIDH, se conoció que el gobierno impidió el ingreso al país a una comisionada de esa organización. Consciente de que sus acciones, para ese momento, escapaban al escrutinio de la comunidad internacional, campantemente despachó a la comisionada a cargo de los derechos de la niñez. La funcionaria ni siquiera venía en misión de examinar nada.

Otro episodio acaeció el 25 de noviembre, Día Internacional de la Lucha en Contra de la Violencia hacia las Mujeres. Como una expresión del miedo a la movilización popular, el régimen recetó anti motines a una manifestación de mujeres, la cuales, irónicamente, marchaban en contra de la violencia.

Posteriormente, el gobierno presentó una iniciativa de ley para elevar el impuesto de rodamiento. Los aumentos propuestos eran verdaderamente salvajes. El rechazo a esa medida fue tan generalizado que el régimen se vio obligado a retirar la iniciativa, haciendo además el ridículo, pues la propuesta de ley desapareció mágicamente de los registros de la Asamblea.

En paralelo, la policía desató una feroz cacería imponiendo multas, quitando licencias y bolseando a diestra y siniestra. Arbitrariedad tras arbitrariedad. Despojo tras despojo. Mucha gente quedó lastimada en sus bolsillos e irritada con los abusos y la pérdida de tiempo. Hasta simpatizantes del régimen externaron su malestar.

Pero falta. Como una confirmación de sus aspiraciones totalitarias, que incluyen el irrespeto y la manipulación de los sentimientos religiosos de la población, presentaron una iniciativa de ley para estatizar las celebraciones en honor a la virgen María. Hasta la gritería se iba en el saco. En este caso, los obispos reaccionaron, el régimen retrocedió nuevamente y retiró vergonzantemente la iniciativa.

Sin duda, la masacre perpetrada por el ejército en contra de seis nicaragüenses en La Cruz de Río Grande, incluyendo dos menores, representó un severo desgaste político para el régimen. El tema se mantuvo por semanas en la opinión pública y en las redes sociales. La arrogancia y el silencio ante los reclamos de una investigación sobre los hechos, acrecentó el repudio.

Aunque no se trata de un agravio en contra de la población, conviene registrar una inesperada sorpresa de navidad: el gobierno norteamericano impuso sanciones al presidente del Consejo Supremo Electoral por sus reconocidos actos de corrupción. Fue un duro golpe que mostró la vulnerabilidad de los jerarcas del régimen, los cuales, si bien eran impunes internamente, no lo eran en el exterior. Rivas, un mafioso aparentemente intocable, desapareció del escenario. Y la población recibió una palmadita de aliento y abrió expectativas de que desde el norte soplaban nuevos vientos.

A comienzos de enero los nicaragüenses se conmovieron ante el drama del campesino Juan Lanzas, quien fue sometido a una golpiza salvaje por la policía y abandonado en condiciones insalubres. Salvó la vida de milagro, pero le amputaron sus dos piernas. Ninguna autoridad respondió por este salvajismo.

En el mes de marzo, los nicaragüenses recibieron un formidable trancazo en sus bolsillos al decretarse el aumento en las tarifas eléctricas. Se descargó en la economía de los hogares el peso del subsidio que se otorga a las empresas generadoras de energía, con ALBANISA a la cabeza, y el subsidio a la empresa distribuidora de energía, copropiedad de la camarilla gobernante.

En el interin, se destaparon varios actos de corrupción, principalmente con los fondos de la seguridad social.

Después vino el bochornoso episodio del incendio de la reserva Indio Maíz.

Como podemos observar, en los meses precedentes al estallido de la crisis, estaban madurando un conjunto de factores: económicos, políticos, sociales, emotivos y de derechos humanos, como expresiones de la crisis estructural en que se deslizó el modelo económico y político del régimen.

Con este rosario de agravios como antecedente, se impusieron las salvajes e inconsultas reformas a la seguridad social. Y ardió Troya. Lo demás, es historia trágica que todavía padecemos.

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