Tocar a Dios con las manos sucias

 

Está bien. Agredieron a los obispos. Profanaron las iglesias. Saquearon y quemaron bienes de la iglesia. Golpearon a periodistas. Se robaron equipos periodísticos.

¿Qué ganaron con eso? ¿Vamos a ver a 100% noticias y a sus periodistas salir corriendo a esconderse y a plegarse a los designios del régimen?

¿Vamos a ver a Radio Corporación y a sus periodistas salir corriendo a esconderse y a plegarse a los designios del régimen?

¿O al Canal 12 y a sus periodistas? ¿O a los otros medios de comunicación independientes?

¿Vamos a ver a los obispos salir corriendo para postrarse llenos de temor ante el genocida?

Duelen esas agresiones. Indignan esas agresiones. Y expresamos nuestra solidaridad con todos los agraviados. Pero esas agresiones también profundizan el repudio de la población. Profundizan su rechazo al régimen. Y profundizan el abismo que separa al pueblo nicaragüense del régimen genocida. Y ahora lo tenemos enfrentado a la iglesia, enfrentado a los empresarios, enfrentado a los gringos, enfrentado a la comunidad internacional y enfrentado al pueblo nicaragüense.

En su ceguera e insensatez, Ortega pateó la mesa y al patearla nos está dejando más claras las cosas.

Comencemos por el diálogo. Desde el principio estaba claro que para Ortega el diálogo era un recurso para ganar tiempo. Y nosotros lo repetimos varias veces en Vamos al Punto. Afirmábamos que si a Nicolás Maduro el diálogo había sido exitosa como estratagema para aferrarse al poder ¿Por qué Ortega iba a hacer algo diferente?

Por supuesto, debemos reconocer que, en las condiciones de aquel momento, para una parte de la población era un desafío que debía asumirse. Un puente que debía cruzarse. Buena parte del pueblo confió en que el diálogo podía ser una ruta para una solución pacífica.

Y la Conferencia Episcopal cumplió y comprometió su fuerza moral, su energía y sus esperanzas. Y la Alianza Cívica también cumplió. Incluso fue más allá de toda expectativa, porque lograron articularse, lograron consensuar una agenda, lograron armonizar una estrategia y, ahora, han dado el salto de sacar el diálogo a la calle y convocar a acciones de protesta.

En un comentario que titulamos “Las dos caras diabólicas del régimen” afirmábamos: La mafia que se aferra al poder, a sangre y fuego, muestra dos caras ante los nicaragüenses. Ambas caras son igualmente diabólicas. La cara enmascarada que siembra el terror en calles, poblados, barrios y ciudades. Y la cara desenmascarada que, en el marco del diálogo nacional, exhibe una asombrosa capacidad para la desvergüenza, la mentira y la manipulación.

Bueno, ahora solo tenemos ante nosotros un solo rostro. Un rostro genocida.

El diálogo para Ortega se agotó porque ya le extrajo todo lo que necesitaba: tiempo. En las presentes circunstancias ya no puede manipularlo a su gusto y antojo. Le salió el tiro por la culata con la CIDH. Le salió el tiro por la culata con la OEA. Le salió el tiro por la culata con los gringos. Y pateó la mesa. Y después agredió a los mediadores.

Ortega disolvió de un plumazo la fantasía que muchos cultivaron del llamado aterrizaje suave. También disolvió la versión que algunos creyeron y que nadie puede decir cómo se originó, de que había llegado a un compromiso para adelantar elecciones e irse. Ortega no quiere ningún aterrizaje.

Únicamente queda ahora la bestialidad como recurso de poder. Y, por si hacía falta, tocó a Dios con las manos sucias, literalmente hablando. Más bien con las manos ensangrentadas. Un manotazo irresponsable, satánico e irracional que deberá pagar muy caro. Y estamos hablando en términos terrenales, no divinos.

Ortega elevó la parada y a nosotros nos corresponde también hacerlo. Y debemos hacerlo pronto.

En este sentido, es imperativo configurar una concertación nacional, con el nombre que se quiera, que incluya a todas las fuerzas comprometidas con la restauración de la democracia. Las organizaciones que integran la Alianza Cívica. Y todas las otras organizaciones que no están en la Alianza Cívica, pero están comprometidas en la lucha. Y sobre todo, con participación de la gente que ha puesto los muertos. No hablamos de una estructura vertical ni de una instancia democratista. Hablamos de un espacio de concertación donde cada quien conserve su propia identidad.

¿Por qué es necesaria esta concertación nacional? Porque es imperativo armonizarr estrategias de lucha. Ortega tiene su estrategia. Corresponde oponerle una estrategia coherente y compartida. Está bien la marcha del jueves. Está bien el paro del viernes. Está bien la caravana del sábado. Pero no es suficiente. Hay que avanzar más allá. Ya no puede estar un grupo por aquí y otro grupo por allá pues así se facilita la embestida represiva del régimen.

Pero también hay que acordar objetivos y mensajes claros. Si el objetivo es que Ortega debe irse hay que asumirlo y decirlo con claridad. Todos. Y para salir de Ortega no basta un paro de un día.

Unidad en la acción. Un plan de lucha compartido. Y Objetivos claros. Son las tareas del momento para enfrentar y derrotar la escalada terrorista del régimen.

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