El diálogo con Ortega

foto: Jorge Torres/La Prensa

Hoy se instaló el diálogo nacional, con mediación de los obispos. El propósito que persigue el diálogo es encontrar una salida pacífica a la crisis que atraviesa el país. Se instala en condiciones precarias. Las expectativas van desde quienes consideran que el diálogo carece de sentido pues con Ortega no hay diálogo que valga, y quienes, por el contrario, tienen fe en que se pueden lograr resultados positivos.

Probablemente les sorprenda la siguiente afirmación: en mi opinión, el diálogo comenzó desde mucho antes. Empezó en el único lenguaje que sabe hablar y que entiende Ortega. Es el diálogo de las correlaciones de fuerza.

Hagamos una recapitulación de los hechos:

Ortega impuso dictatorialmente las reformas al INSS sin consultar con nadie, pensando que la gente seguiría aguantando sus desmanes. Cuando comenzaron las protestas, Ortega no habló, pero utilizó el lenguaje que mejor maneja, el lenguaje de la represión. Y aplicó la misma fórmula que le resultó exitosa con los OcupaINSS: Sacar a las turbas a garrotear y a los trabajadores del Estado a rotondear para demostrar apoyo social, con el complemento de los aplausos de presuntos dirigentes de organizaciones de adultos mayores. Y la policía como retaguardia.

Pero esta vez esa fórmula no dio resultado.

Entonces dio luz verde a la policía para que sofocara la protesta. Y comenzó la masacre por la acción combinada de turbas y policías.

ero la represión más bien enardeció a los jóvenes universitarios y sacudió la conciencia ciudadana. El pueblo se lanzó a la calle. Después de varios días de resistencia y víctimas mortales provocadas por armas de fuego, Ortega apareció diciendo que aceptaba un diálogo con el COSEP, para revisar el infame decreto de reformas. Aprovechó para hablar de una gran conspiración y para acusar de delincuentes a los estudiantes que resistían las embestidas de las turbas asesinas.

La resistencia se intensificó y las muertes aumentaron. Ortega volvió a aparecer y anunció la derogación del decreto de reformas, aceptó el diálogo con el COSEP para tratar las reformas a la seguridad social y la reforma tributaria, entre otros puntos, pero esta vez invitó al Cardenal Brenes para que acompañara el diálogo como garante y como testigo, junto a los obispos que tuviera a bien. En esa misma oportunidad anticipó los saqueos a establecimientos comerciales, acción que inmediatamente cumplieron las hordas bajo su mando.

Pero los cálculos represivos fallaron. La resistencia se generalizó a los distintos territorios del país. Ortega entendió el mensaje y, el 24 de abril, compareció nuevamente aceptando un diálogo más amplio, con los obispos en calidad de mediadores y ampliando el círculo de interlocutores.

Pero siguió con su lenguaje de represión y barbarie; a pesar de ello, la resistencia ciudadana se redobló, reforzada además con una gigantescas movilización. Ortega quiso reaccionar con una movilización, que más bien exhibió sus debilidades. La gente no llegó, dejando en evidencia que el único recurso que le queda a Ortega son las fuerzas represivas. Y habló de paz. La gente entendió que los ataques continuarían pues ya sabemos que hay debemos entenderlo al revés. Y en efecto, así ocurrió. Muertos, presos y desaparecidos.

El peor episodio en la historia del país.

En paralelo montó otra jugada y ordenó a sus secuaces de la Asamblea Nacional que formaran una “comisión de la verdad”, con participación de 5 monigotes fieles al régimen. Seguidamente se negó a aceptar la visita de una misión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Todo lo contrario de menguar, cada vez más gente abandona la pasividad y se suma a las actividades de protesta. Dos marchas sin precedentes por su cantidad y composición, más tranques en diversos municipios empujaron a Ortega a dar un nuevo paso atrás y se vio obligado a invitar a la misión de la CIDH.

Ese ha sido el diálogo, hasta hoy. En el único lenguaje que Ortega entiende. Y el pueblo ya lo sabe. La tragedia es que cada paso que Ortega retrocede, lo cobra con muertes de nicaragüenses.

Con estos antecedentes, se abre este día la posibilidad de sustituir el diálogo bárbaro impuesto por Ortega en un diálogo civilizado. Estarán frente a frente los victimarios y sus representantes, con representantes de las víctimas.

¿Qué podemos esperar de este diálogo?

Todos hemos escuchado distintos planteamientos. Uno de estos planteamientos es que del diálogo debe resultar la permanencia de Ortega hasta el 2021, a cambio de que asuma el compromiso de no ser candidato en las elecciones programadas para ese año, ni él ni nadie de su familia, y que realice reformas electorales que posibiliten elecciones competitivas. Es exactamente lo que Ortega también quiere. Ganar tiempo para desmontar la resistencia ciudadana a cambio de algunas concesiones cosméticas.

Desde el punto de vista moral, significaría una traición a la sangre que se ha derramado, pero además, representa condenar al país a la zozobra permanente y, sobre todo, condenar a muerte a un sinnúmero de nicaragüenses. El sentido común y la experiencia indican que una vez liberado de presión, las trompetas de Ortega tocarían a degüello y sus turbas asesinas intentarían asegurarse de que nunca más pueda renacer resistencia alguna.

Lo fundamental sin embargo es que esta opción carece de viabilidad política pues el pueblo la rechaza. El pueblo exige que se vayan.

Un segundo planteamiento que se escucha es que Ortega debe renunciar. Este planteamiento se combina con otras argumentaciones que hablan de que toda solución debe ser en el marco de la Constitución y de las Leyes. Este planteamiento encierra una trampa que debemos desenmascarar prontamente.

Pero como todas las opciones y sus implicaciones deben explicarse con claridad, para que cada quien pueda formarse una opinión fundamentada, continuaremos mañana.

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