Donde haya odio…siembre yo amor

El pasado sábado se celebró el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Es pertinente referirnos al tema porque, desgraciadamente, uno de los flagelos que sigue arraigado en nuestra sociedad es la violencia en contra de las mujeres. Es un flagelo que tiene su origen en el machismo y en la desigualdad que prevalece entre hombres y mujeres. Esta desigualdad se produce y se reproduce gracias a la persistencia de patrones culturales, prácticas sociales e instituciones que colocan en desventaja a las féminas frente a los varones. Y no solo arraigado, sino también generalizado, pues hay investigaciones que indican que en nuestro país centenares de miles de mujeres padecen, o han padecido, alguna forma de violencia.

La violencia contra las mujeres se define como todo acto que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada.

Por supuesto, el daño más repudiable es el asesinato de una mujer, pero también son repudiables las golpizas, violaciones y tratos infamantes. Pero esos son los casos que adquieren mayor visibilidad. Las mujeres se encuentran expuestas cotidianamente a formas de violencia menos notorios pero que, igual, provocan sufrimiento. Un sufrimiento continuado y en silencio.

Seamos claros. El primer espacio donde se practica la violencia contra las mujeres es la familia, donde el marido es el principal agresor, o el padre. Y no olvidemos. También es una forma de violencia el abandono de los hijos sin cumplir la obligación elemental de mantenerlos, dejándole la carga únicamente a las mujeres.

Por detrás de los casos que llegan a los medios de comunicación, las situaciones de violencia usualmente se quedan en casa, escondidos, porque las mujeres no denuncian, unas veces por temor y otras veces por sometimiento al poder del marido o del padre de familia.

Casi todos, como hombres, hemos disfrutado el cálido afecto de las abuelitas y el amor incondicional de nuestras madres. A mi me resultaría insoportable concebir el más mínimo daño a mi abuelita o a mi madre. También hemos crecido con el cariño de hermanas y vivido la ternura de hijas. No se me pasa por la cabeza concebir el más mínimo daño a mis hijas o a mis hermanas. Y creo firmemente, que para la mayoría de los hombres esto es así. Si ya es difícil entender cómo puede provocarse un daño deliberado a otra persona, es mucho más difícil entender cómo puede agredirse a una mujer que se quiere.

La violencia en el seno familiar, señoras y señores, no es un asunto privado. Es un problema que nos concierne a todos. Porque el derecho a la vida, la dignidad, la igualdad, la seguridad y la no discriminación son derechos humanos que todos estamos obligados a respetar.

Decíamos antes que en la familia se siembran y germinan las semillas de violencia. Pues bien, el primer espacio donde corresponde combatir la violencia y sus causas es en la propia familia. No podemos rehuir el bulto y atribuir la responsabilidad a otros. Como madres y como padres tenemos la primera responsabilidad en combatir esos patrones de superioridad e inferioridad entre hombres y mujeres.

Pero también la violencia hacia las mujeres se despliega en la escuela, en el trabajo, la escuela, las instituciones públicas o privadas, y en la calle, y atraviesa los distintos estratos de nuestra sociedad. Aunque se ensaña en los sectores más vulnerables, como niñas y personas de menor nivel educativo.

Como sociedad tenemos una responsabilidad de primer orden en asumir su prevención y combate. Hay organizaciones sociales que cumplen una labor encomiable a pesar de las carencias y limitaciones. Sin embargo, las universidades están en deuda, en particular las universidades que reciben recursos públicos. Por ejemplo, son pocos los diagnósticos, estudios y estadísticas que existen en esta materia. Y el conocimiento a fondo del problema es esencial para diseñar y aplicar los tratamientos. Señores rectores y decanos: aquí tienen un desafío.

Naturalmente, al Estado, que dispone de los recursos y medios, corresponde una responsabilidad mayor en materia de prevención, investigación y castigo.

Obras son amores y no buenas razones reza una expresión popular. Frente al machismo, la discriminación, la desigualdad y la violencia, todos estamos obligados a poner manos a la obra. Aportemos nuestra contribución en nuestras familias, en el trabajo, en las escuelas, universidades, barrios y calles para combatir la violencia hacia las mujeres. No podemos hablar ni de libertad ni de derechos si la mayoría de la población, que son las mujeres, están expuestas a la discriminación, la desigualdad y la violencia.

El régimen exhibe leyes y presume de supuestos progresos en materia de igualdad de género. Pero su práctica, como es costumbre, va en dirección contraria a sus declaraciones.

“Oh Señor, hazme instrumento de tu Paz. Donde haya Odio, que siembre Amor…” expresó Ortega el 5 de noviembre. Y como una evidencia de la sinceridad de sus convicciones, a la vista de todos y a pleno sol, en Nicaragua, en el día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer, el régimen exhibió lo que mejor sabe hacer: Recetó a las mujeres una dosis de antimotines.

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