La misma receta y el mismo cocinero

Ante las anunciadas elecciones municipales distintos grupos ofrecen posiciones contradictorias que se entrecruzan en la mente del ciudadano común y corriente que, agobiado de múltiples problemas se pregunta qué hacer: Votar o abstenerse de votar.

Aunque a estas alturas del partido estoy convencido de que la inmensa mayoría de los nicaragüenses ya tiene una decisión, para quienes no la tienen me atrevo a ofrecer los siguientes elementos de reflexión:

El año pasado, en las elecciones presidenciales de noviembre se produjo una abstención masiva de la población, bajo la certeza de que en lugar de elecciones se estaba realizando una farsa, una burla.

Repasemos los ingredientes de la farsa.

Primero, Daniel Ortega se autoproclamó candidato presidencial, por tercera vez consecutiva, mostrando su inalterable voluntad de continuar aferrado al poder.

Seguidamente, a voz en cuello, declaró indeseable toda observación electoral. Incluso llegó a calificar de sinvergüenzas a connotadas organizaciones internacionales. Quería cocinar su chanchullo electoral sin testigos imparciales.

Luego procedió a apoderarse de la totalidad del sistema electoral hasta llegar al control absoluto de las juntas receptoras de votos, de manera directa o por medio de los partidos comparsa del régimen. Desde antes, había confirmado en sus cargos a los delincuentes que orquestaron los fraudes anteriores.

Más tarde, utilizando su dominio sobre el aparato judicial y el aparato electoral procedió, mediante artimañas, a despojar del derecho a participar a las organizaciones auténticas opositoras.

En el proceso, destituyó a su gusto y antojo a diputados, alcaldes, vicealcaldes y concejales, demoliendo con ello el derecho de representación.

Para finalizar, impuso la candidatura a la vicepresidencia de su esposa, Rosario Murillo.

Sin árbitro imparcial, sin testigos, sin contendientes y con el control de todo el sistema, Ortega se adjudicó los votos que quiso, y asignó a sus compinches un número de diputados en correspondencia con el nivel de complicidad. Hasta algunos gánsters reconocidos agarraron premio.

En la actualidad ¿qué tenemos?

El mismo Daniel Ortega, con su misma voluntad de concentrar todo el poder.

¿Alguien en su sano juicio puede creer, honestamente, que Daniel Ortega ha cambiado un gramo en su ánimo dictatorial?

Allí están también en el Consejo Supremo Electoral los mismos de siempre.

¿Alguien en su sano juicio puede creer, honestamente, que los secuaces de Ortega en el Consejo han cambiado su voluntad de defraudar la voluntad popular?

Allí está, igualmente, el control total del sistema electoral: cedulación, sistemas informáticos, padrón electoral, centros de votación, juntas receptoras de votos, consejos electorales municipales, policías electorales, fiscales, consejos electorales departamentales.

¿Alguien, en su sano juicio, puede creer honestamente que ese control total es para asegurar transparencia en la votación?

Allí está, asimismo, la exclusión de organizaciones políticas tales como la Unión Demócrata Cristiana, el Movimiento Renovador Sandinista y el Partido Acción Ciudadana.

¿Alguien, en su sano juicio, puede creer honestamente que esta exclusión obedece a la voluntad democrática de Ortega?

Allí está la exclusión de prestigiados observadores nacionales e internacionales. Ortega, nuevamente, quiere hacer chanfaina sin testigos imparciales. A este festín solo asisten los cómplices.

Por si algo faltaba, Ortega acabó con el padrón electoral. Ahora cualquiera puede llegar a inscribirse y votar, el mismo día de la votación, en cualquier centro de votación. Esto es, abrió en pampas la puerta para que sus súbditos puedan votar dos, tres o cuatro veces, en distintos lugares y así inflar la imagen de una masiva participación electoral.

Alguien podría decir. Sí. Es cierto todo lo anterior. Pero hay un cambio. Ahora tendremos la observación electoral de la OEA.

¿Qué podemos decir de la OEA?

Podemos decir que no publicó el informe sobre el proceso electoral del 2016.

Podemos decir que guardó silencio frente a los atropellos a los derechos humanos en ocasión de la marcha campesina realizada el primero de diciembre del pasado año, con el mismo Almagro presente en el país.

Podemos decir que llegó a unos acuerdos serviciales con Ortega, que le permiten a éste aparentar ante los gringos una voluntad de rectificación.

Podemos decir que Almagro ni siquiera cumplió los acuerdos que suscribió con el gobierno. El incumplimiento fue en beneficio de Ortega.

Podemos decir que acató la orden de Ortega de no dialogar con sectores independientes, políticos y de la sociedad civil. Calladamente sus representantes cancelaron las citas y salieron con el rabo entre las piernas por la puerta trasera.

Podemos decir que no había dicho esta boca es mía, hasta que, extemporáneamente, en unas pocas líneas anuncia una misión de observación electoral.

Anuncio que es una burla siniestra. Designó al frente de la misión al señor Wilfredo Penco. Un viejo amigo de los perpetradores de los fraudes electorales anteriores.

Las siguientes líneas resumen sus posiciones: “Una de las características que hemos podido registrar, a lo largo de nuestra participación en diversos procesos electorales de Nicaragua, es cómo la población, el ciudadano, ha tenido la oportunidad de no solo confirmar su documentación cívica, sino también las facilidades que el propio proceso le va dando para que en el acto electoral pueda ejercer con libertad y con seguridad su expresión ciudadana”. Ninguna irregularidad. Todo perfecto.

Con estos antecedentes, consulte a su conciencia si está ante un proceso legítimo o ante una nueva farsa electoral. Y tome su decisión. Votar es un derecho. Y abstenerse de votar también es un derecho.

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