El fantasma de Wang Jing

 

En su discurso del 14 de junio del 2013, Daniel Ortega rebosante de júbilo y arrogancia al presentar a Wang Jing proclamaba: ¡Aquí está el fantasma! y agregaba “Llegó el día y la hora de alcanzar la tierra prometida”, mientras exhibía el acuerdo suscrito con el especulador chino.

Un día antes, Los 62 diputados que impuso Ortega mediante el fraude electoral de las elecciones del 2011, transformaron en ley la oprobiosa condena mediante la cual se hipoteca la soberanía nacional por el período de cien años. Veinticinco diputados se opusieron a la concesión vende patria y votaron en contra.

El 22 de diciembre del año 2014, Ortega y Wang Jing participaron en el “Acto de Celebración del Inicio de las Obras de Construcción del Gran Canal de Nicaragua” y así, con estruendo de maquinarias, fanfarria y actos solemnes se dieron por iniciadas las obras del “Gran Canal”. El empresario chino afirmó en su discurso que en el rugido de los camiones se anunciaba el inicio de la mega-obra que cambiaría al mundo.

Prometió además, como adelanto, que 50 jóvenes saldrían a realizar estudios de alto nivel en China, 10 ambulancias, 10 camiones de bomberos y la rehabilitación de tres hospitales.

“Hoy podemos decir con orgullo que hemos superado todos los retos”, afirmó el empresario chino ese día, y agregó: “Hemos dado con plena confianza el primer paso histórico y monumental de empezar la Obra”.

Y pudimos ver en los medios de comunicación los camiones y maquinarias que comenzarían a desguazar la tierra para abrir la zanja más portentosa en la historia de la humanidad, por donde transitarían gigantescos buques de un océano a otro. Y pudimos ver a funcionarios del régimen, a militares y policías, y ejecutivos chinos, algunos encorbatados a medio sol, y todos protegidos por relucientes cascos nuevos, posar orgullosos en el sitio preciso donde despuntaba la nueva aurora.

Y los sindicalistas, como locos, anunciando miles de contrataciones; hasta acreditaron y tenían listos y listas de los trabajadores a ser enganchados. Y Paul Oquist, el ministro de Ortega para propaganda en el exterior, como loco, haciendo presentaciones y presentaciones preñadas de delirios, en las más diversas latitudes del planeta. Y Telémaco, como loco, inventando mil cuentos más. Y grupos de empresarios, como locos, hablando de obras y cifras pasmosas. Hasta un debate se produjo sobre qué comerían los chinos que vendrían a trabajar en la obra. Si nuestros agricultores debían aprender a producir los singulares alimentos de la dieta china, o si los chinos se acostumbrarían a comer gallo pinto.

Tristemente, después se supo que todo fue una farsa. Resultó que los camiones pertenecían a una alcaldía municipal desde donde los cogieron prestados; el primer contrato que con tanto alborozo celebraron los empresarios beneficiados con una dudosa adjudicación, al final se redujo a la rehabilitación de una trochita de unos pocos kilómetros.

A cuatro años de aquellos promisorios augurios el silencio envuelve la tierra prometida. La trocha que se alborotó con la fanfarria luce abandonada y en lugar del rugir de las maquinarias y el afán sudoroso de los miles de trabajadores que serían contratados, lo que se escucha es el mugir de las vacas, pastando ajenas a las quimeras que yacen enterradas bajo sus pezuñas.

Se anunció que la obra costaría 50 mil millones de dólares. ¿A alguien se le ocurre que un empresario serio, con una inversión de semejante magnitud, ni siquiera se aparezca al país donde se supone que está invirtiendo? El flamante inversionista se transformó nuevamente en fantasma y no volvió a aparecerse por Nicaragua. Al menos que se sepa.

La verdad es que a la inmensa mayoría de los nicaragüenses nos tiene sin cuidado que el especulador chino no se aparezca más. Los ilusos que creyeron el cuento chino, tal vez lo extrañen; y quienes se frotaban las manos con la expectativa de que el dinero pasaría a borbollones a sus bolsillos, seguramente rumian su desconsuelo.

Wang Jing puede no aparecer, pero el problema para los nicaragüenses no desaparece. Los privilegios adjudicados al especulador chino son de tal gravedad que no necesita venir aquí para negociar los derechos que le otorga la concesión. Porque esa concesión lo entrega todo. A estas alturas del partido no sabemos qué negocios puede haber realizado.

Recordemos algunos términos de la concesión otorgada por Ortega al especulador financiero chino:

1. Si llegara a construirse, el canal no sería de los nicaragüenses ni para los nicaragüenses. Sería propiedad de inversionistas anónimos cuyos derechos podrían pasar de mano en mano sin que las autoridades nacionales conozcan siquiera quiénes son.

2. La concesión deja en escombros la soberanía nacional, pues en el territorio donde se ejecuten los proyectos o sub-proyectos asociados al canal no se podría aplicar ninguna ley nicaragüense (ni laboral, ni tributaria, ni penal, ni administrativa, ni comercial) y ningún órgano nacional tendría jurisdicción sobre sus actividades, ni sobre los inversionistas, ni sobre sus representantes. Es decir, ni la policía, ni los jueces, ni la dirección general de ingresos, ni autoridades administrativas tendrían ninguna facultad sobre personas, territorios, edificios, actividades o bienes relacionados con el proyecto de canal.

3. La concesión representa un peligro para nuestro patrimonio económico, como país, pues quedan hipotecadas las reservas internacionales del Banco Central. Pero no solamente se compromete el patrimonio nacional sino también el patrimonio personal de los nicaragüenses porque, escuchemos bien, las reservas internacionales incluyen parte de los ahorros de los nicaragüenses depositados en el sistema bancario nacional. Los realitos que un ciudadano tiene el banco, están comprometidos con el contrato de concesión.

4. Asimismo, ella acuerdo amenaza nuestro patrimonio natural, pues las afectaciones medioambientales serían gravísimas, tal como lo revelan estudios y expertos nacionales e internacionales. Lagos, aguas, ríos, mar, suelos, bosques…todo sería afectado.

5. Mientras no se derogue la concesión persistirá una espada sobre el patrimonio de las familias, pues toda propiedad, óigase bien, toda propiedad, con independencia del lugar del territorio nacional donde se encuentre, está expuesta a ser expropiada. Aun las que no se encuentren en la ruta señalada pues además del canal la Concesión abarca siete sub proyectos adicionales.

El riesgo más real e inminente es que la concesión se utilice como plataforma para operaciones financieras especulativas, o para el trasiego de capitales de dudosa procedencia, abriendo la ruta para que el país caiga en manos de especuladores inescrupulosos o de peligrosas mafias internacionales. El empresario chino puede no aparecer pero  el fantasma de la amenaza no desaparece.

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2 comentarios en “El fantasma de Wang Jing

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