Dos estampas de una misma penuria

Darling Lacayo, 32, looks at one of her seven children during an interview 20 April, 2007 in San Martin neighbourhood in Managua. According to Lacayo, in Daniel Ortega's government first 100 days in power the situation for the poorest worsened. Lacayo shares the house with her mother and her sister and family -making a total of 15 people- and, at the very best, they altogether earn 3,8 US dollars a day to face up to their responsabilities. AFP PHOTO/Miguel ALVAREZ

Hay dos hechos que, si bien ocurrieron en diciembre, no podemos dejar pasar porque en buena medida son un retrato de las realidades que enfrentamos en el país. Unas realidades que debemos desterrar.

El primero es el caso de Dimas Ivan Figueroa Castellanos, un nicaragüense originario de Mozonte, municipio del departamento de Nueva Segovia, para quien las aspiraciones de mejorar las condiciones de vida de su familia, se transformaron en tragedia.

Con más de un año sin trabajar, porque según sus palabras solo rumbitos le salían, sin ingresos ni oportunidades, Figueroa resolvió asumir el riesgo, por tercera vez, de viajar a Estados Unidos, siguiendo la misma ruta que siguen millares de migrantes para ingresar irregularmente en procura del sueño americano. Uno de los tramos más peligrosos de esa ruta es el tristemente célebre tren de la muerte, llamado también la bestia. Es una red de trenes de carga que cruzan el territorio norteamericano y se dirigen a la frontera con Estados Unidos.

Películas, novelas y reportajes se han publicado sobre este peligroso trayecto. Los migrantes, de diversas edades y sexos, se encaraman encima de los vagones y van pasando de un tren a otro, a lo largo del trayecto aguantando hambre, las inclemencias del clima, el cansancio y aún el peligro de ser asaltados o vejados.

Esa ruta siguió Dimas, en compañía de otro compañero de viaje, originario de su mismo municipio. Sin comer, sin beber, muerto de cansancio, hambre y sueño, Dimas se durmió, se cayó y el tren le cercenó las dos piernas.

Más allá del dolor y desgracia que ahora abaten a su familia, en realidad la tragedia es el retrato de miles de hogares nicaragüenses que huyen del paraíso orteguista porque no hay trabajo ni oportunidades para cubrir las necesidades mínimas de sus familias. Y así se ven obligados a afrontar peligros y humillaciones.

El segundo hecho es la infame manipulación fraguada por el régimen con la distribución de juguetes a la niñez en ocasión de navidad.

Que distribuyan regalos a la niñez, por supuesto que sería disparate criticarlo. Todos los que hemos vivido una niñez en la pobreza sabemos lo que significa recibir un juguete en navidad. Lo que resulta perverso es utilizar el gesto para hacer escarnio con la pobreza de padres y madres de familia, y de las tiernas mentes de los niños. Los medios de comunicación orteguistas hicieron charanga presentando niños que mecánicamente recitaban la letanía que les hacían repetir. Una y otra vez manifestaban gracias a Dios, al presidente Daniel y la compañera Rosario por el regalo que habían recibido. Padres y madres repetían también la misma letanía.

Esos recursos no se los saca de la bolsa Daniel Ortega ni su esposa, sino que provienen de los fondos públicos, en consecuencia no hay nada que agradecer.

Si los padres de estos niños tuvieran un empleo digno, salarios o ingresos decorosos, pues es lógico que tendrían capacidad por ellos mismos de comprarle juguetes a sus chavalos y no tendrían necesidad de estirar la mano. Se trata de niños de hogares pobres, con trabajos precarios o ingresos raquíticos. El régimen no tiene el menor escrúpulo en manipular la pobreza y a los pobres.

La Nicaragua que anhelamos y que debemos empeñarnos en construir es una donde ningún nicaragüense tenga que afrontar peligros para buscar una oportunidad fuera de nuestro terruño, y donde nuestra niñez, sana y alegre, viva en hogares con ingresos decentes, sin exponerse a escarnios ni manipulaciones. Es el país en que podemos vivir si nos empeñamos.

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