Ojo con la deuda externa

soga en el cuello

Uno de los problemas más graves que puede afectar la economía de un país es la deuda externa. Lo hemos mencionado en otras oportunidades: Cuando la magnitud de la deuda traspasa determinados límites actúa como un cáncer invasivo que se extiende y enferma todos los tejidos y órganos del cuerpo. Con un endeudamiento abultado, al igual que un cuerpo con cáncer, sufre la economía nacional, sufre el sector empresarial y sufre la economía de las familias, sufren los sectores medios y sobre todo sufren los pobres. Y, al igual que el tratamiento del cáncer, resolver el problema de la deuda externa, exige sacrificios…grandes sacrificios. A veces amputaciones. Y son sacrificios que, además, se prolongan en el tiempo.

No vayamos muy largo, recordemos nuestro pasado reciente. Cuánto costó desembarazarse de la deuda de más diez mil millones de dólares contraída en los años ochenta. Severos programas de ajuste que significaron despidos, contracción del crédito, desempleo, devaluaciones, reducción de gastos sociales, entre otros impactos. Innumerables Idas, venidas y revenidas con las renegociaciones de deuda y, finalmente, el trabajoso proceso que permitió acceder a la Iniciativa para los países pobres altamente endeudados, mediante la cual los principales acreedores perdonaron parte sustancial de la deuda del país. Pero sujeto al cumplimiento de condiciones y a costa de grandes penurias.

Menciono lo anterior porque sobre el tema de la deuda externa se guarda un extraño silencio. Y es esencial ponerlo sobre la mesa porque, sin exageraciones, ya nos va llegando el agua al cuello.

En este campo también el gobierno de Ortega encontró la mesa servida…Fíjense que la deuda externa total en el 2008 era de 4700 millones de dólares ¿saben cuánto es ahora, al cerrar el primer trimestre del año en curso?

Según el Banco Central 10.600 millones de dólares. Esto significa que al finalizar el 2016 la deuda sobrepasará los 11 mil millones de dólares. Más de la mitad de esa deuda es deuda privada.

Estamos volviendo al mismo punto. Ya estamos enjaranados otra vez.

Solamente que ahora ese endeudamiento exagerado se contrajo en condiciones de paz, con equilibrios macroeconómicos heredados del gobierno de Enrique Bolaños, un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, bonanza de los precios internacionales de exportación en la mayor parte de estos años, fondos crecientes de remesas internacionales, así como flujos sostenidos de cooperación internacional.

Los economistas utilizan unos parámetros para medir la sostenibilidad de la deuda. Pues bien, la deuda externa total representa más del 80% del Producto Interno Bruto. Es un porcentaje elevado. El otro es la deuda en relación a las exportaciones. Pues bien, la deuda representa el 183% de las exportaciones. Y ese indicador va creciendo aceleradamente. ¿Qué mide este indicador? La capacidad de pago del país. Como los principales ingresos provienen de las exportaciones, al deteriorarse este indicador significa que está disminuyendo la capacidad de pago de los compromisos externos.

Pero esto no es todo, porque resulta que el pago de la deuda externa, esto es, los abonos al capital e intereses, que en los últimos años han estado, como decimos en lenguaje coloquial, “suavena”, también tienden a subir al llegar los vencimientos de las deudas. Y los vencimientos comienzan a acumularse. ¿Saben cuánto se pagó solo en los primeros tres meses del año? 465 millones de dólares. Esto significa que al finalizar el año los pagos en capital e intereses de la deuda se acercará a los dos mil millones de dólares.

Los organismos internacionales, en particular el Fondo Monetario Internacional, están obligados a remarcar esta amenaza sobre la economía nacional. Y el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo deberían ser más prudentes al momento de emitir sus declaraciones públicas. Los burócratas se van. Las deudas quedan. Y nosotros pagamos los platos rotos.

Sin embargo, el problema no es solo la cuantía de la deuda o su ritmo de crecimiento. El asunto central es cómo se está invirtiendo ese dinero. Porque si se invirtiera en mejorar la educación, aumentar la productividad, masificar la introducción de nuevas tecnologías, mejorar los ingresos y el bienestar de la población, dar más crédito y asistencia técnica a los ganaderos, a los cafetaleros, a la agroindustria, pues se estarían estableciendo condiciones para que, llegado el momento de los vencimientos, disponer de suficiente riqueza para pagar la deuda y seguir mejorando.

Las cifras sobre el estancamiento de los indicadores de educación, el desplome de las exportaciones y los pobres desempeños en materia de productividad, no dejan lugar a dudas.

Veamos. La tasa de escolaridad promedio no se ha movido en los últimos cinco años: la escolaridad promedio de los nicaragüenses es la de un niño de sexto grado de primaria. El analfabetismo está congelado en el 16%. De la productividad del maíz, café o frijoles, ni hablemos. Y en materia de empleo, el subempleo se ha elevado en los últimos cinco años, mientras los trabajadores de la economía informal superan el 72% de la población ocupada. Y en cuanto a los empresarios, en una encuesta publicada por el COSEP se muestra que en los últimos dos años, el 60% de las empresas grandes reportan que sus ingresos se han elevado. Mientras, al revés, las empresas pequeñas reportan que sus ingresos en los últimos dos años se han estancado o han disminuido.

El régimen está endeudando al país pero no está generando condiciones para pagar al momento de los vencimientos ni para mejorar realmente las oportunidades ni las condiciones de vida de la población..

Es importante pues que le pongamos mente a la deuda externa porque no vaya a ser que a pesar de los cánticos jubilosos de las comparsas del régimen un mal día nos despertemos con la soga al cuello.

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