Encuentro con sabor a mar

el cardón

Marvin Saballos es el corinteño con el que más me veo. Para decirlo en dos platos: es mi compañero de tragos, todas las semanas.

Y miren cómo una media verdad puede convertirse en una injuria descomunal: Marvin y yo somos asiduos participantes en las actividades culturales que se realizan en Managua (recitales, presentaciones de libros, conferencias, conciertos, etc). Es usual que cada acto cultural concluya con un pequeño convivio, lo que llaman “vino de honor”. Es el momento en que ambos nos lanzamos nuestra copa de vino de la semana. Esos son nuestros tragos: una copa de vino a la semana.

Pues bien, Ana Celina, la esposa de Marvin, montó una conspiración e invitó a los corinteños que pudo localizar y ofrecerle una sorpresa a Marvin en ocasión de su cumpleaños. Y nos invitó al refugio de ambos, en Diriomo: el Hilo Azul.

¿Recuerdan aquel parlamento del Gueguense? ¡Ah!, mi tiempo, cuando fui muchacho. El tiempo del hilo azul…cuando me veía en aquellos campos de los Diriomos alzando aquellos fardos de guayabas ¿No muchachos?.

Entonces, llegamos al Hilo Azul, en “los diriomos”, después de algunas dificultades porque casi todos nos perdimos antes de llegar.

No imaginé que el encuentro estaría cargado de tanta emotividad. Ameno y festivo, pero sobre todo emotivo. Seguramente porque Marvin es psicólogo tuvo la idea de hacernos hablar uno por uno y una por una. La actitud de Ana Celina fue decisiva para darnos confianza y que rasgáramos un poco la epidermis de nuestra intimidad, alentados ya por la sopa de pescado con cuchara de palo y el arroz con mariscos. Y así, sanamente, al escucharnos, llegamos al torozón en la garganta, el silencio conmovido y aún a las lágrimas. No les voy a contar todo porque es irrepetible. Solamente compartiré mis conclusiones que, aclaro, son las mías. No pretendo expresar las de nadie más, por eso ni siquiera menciono los nombres de los asistentes:

1. Todos salimos a abrirnos paso fuera de Corinto. Pero todos abrigamos el orgullo por esa raíz enterrada en aquella isla arenosa. En esa evocación sobre nuestra infancia y temprana adolescencia pude ver algunas lágrimas detrás de algunos anteojos oscuros…(yo también andaba de anteojos oscuros).

2. La segunda constatación estremecedora fue el reconocimiento al papel de nuestras madres. De manera impensada, todos comenzamos a hablar de nuestras madres, o abuelas. Y a reconocer el papel crucial que desempeñaron esas mujeres, que lucharon a brazo partido para educar a sus hijas e hijos. A brazo partido. En todos los casos evocamos como una bendición sus regaños y aún los castigos. También llamó mi atención el reconocimiento que hicimos al positivo papel que desempeñaron unos seres usualmente olvidados y a los que no siempre se les hace justicia: nuestros padrastos. En el caso de quienes los tuvimos.

3. Las maestras recibieron un lugar especial. Porque también se reconoció la contribución de nuestras maestras, en especial nuestras maestras de primaria. Todos pasamos por la “Escuela Superior de Varones General José Santos Zelaya o por la “Escuela Superior de Niñas Sara Luisa Barquero”, así que pueden imaginar los nombres de las maestras que trajimos al presente.

Una mención especial quisiera hacer a doña Azucena, la mamá de Marvin (los corinteños de cierta edad recordamos la “miscelánea Azucena de Saballos”). Nos acompañó todo el tiempo amenizando el encuentro con sus agudas puntadas. Doña Azucena, a sus más de ochenta años es “feibuquera” activa y está al tanto de todo. Fue muy tierno disfrutar de su compañía.

Quedamos tan gratificados que resolvimos repetir el encuentro. Ojalá y que se repita. Y que nuevamente podamos degustar ese tibio caldo para nuestras almas. El tibio caldo de nuestros recuerdos y de nuestras raíces.

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2 comentarios en “Encuentro con sabor a mar

  1. Tu relato es excepcional, mano a mano que iba leyendo, me estaba imaginando todo, tengo muchisimos anios de no ver a Marvin pero lo recuerdo siempre como un muchacho, serio, educado, carinoso, respetoso, me gustaria tanto me lo saludaras y para ti Enriquito un abrazo.

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