ciudad de panamáAdemás de las actividades propias de la Cumbre, intenté anotar algunas vivencias sobre la vida cotidiana en Panamá. Estoy consciente de que fueron pocos días de permanencia y solamente pueden extraerse impresiones, pero bueno, aquí comparto algunas con ustedes:

Un mediodía, mientras hacía fila en un McDonald para comprar una hamburguesa, la señora que tenía adelante le dijo a la cajera: por favor me incluye el descuento como jubilada. Me llamó la atención, pero hasta ahí llegué. Por la noche del mismo día fui a una farmacia. Ahora era un señor el que estaba delante de mí. Y nuevamente el mismo canto: por favor me incluye el descuento de jubilado. Esta vez no me aguanté y a pesar de su cara de pocos amigos o de que algo le dolía, le dije: disculpe señor ¿de cuánto es el descuento que le hacen? Me volvió a ver con gesto de sorpresa y respondió: el 20 por ciento. ¿todos los jubilados tienen ese derecho? Le pregunté. Así es, me dijo, desde hace como veinte años.

Ya con más confianza continué mi interrogatorio ¿es en todas las farmacias? ¿con todas las medicinas? Así es, volvió a repetir. Después de pagar sus medicinas, cuando ya se iba me dijo: no solo en medicinas, también en la comida. Seguidamente me preguntó ¿y usted de qué país viene? De Nicaragua, respondí. Entonces él replicó ¿Es que allá los jubilados no tienen estos derechos?

Sólo lo volví a ver, mientras recordaba las penurias de los nicaragüenses de la tercera edad con sus pensiones miserables, y sin que se cumplan los derechos consignados en la ley, entre otros, precisamente, algunos descuentos en bienes y servicios. Y sobre todo pensé en la gran mayoría de ancianos que la pasan todavía peor porque ni siquiera pensión tienen. Más tarde confirmé que los descuentos para ancianos en Panamá incluyen, por obligación legal, transporte, tarifas de servicios públicos, clínicas y hospitales, servicios profesionales, establecimientos de recreación, entre otros. Además, a quienes no reciben pensión el estado les asigna 120 dólares con el programa “120 a los 70”.

Otro día, mientras miraba un noticiero, apareció la denuncia de que en algunos establecimientos le habían subido diez centavos al litro de leche. Los medios entrevistaban a consumidores que expresaban su descontento y emplazaban a las autoridades a que tomaran medidas. En el mismo noticiero entrevistaron al funcionario responsable quien, dando la cara, explicó que efectivamente habían detectado abusos con el precio y que al día siguiente pondrían en marcha unos operativos para identificar y multar a los establecimientos abusadores. Al siguiente día los medios reflejaron a los inspectores en acción, visitando establecimientos.

Desconozco cómo evolucionará este asunto, pero lo que observé puede resumirse así: los consumidores denunciaron, los medios difundieron la denuncia y emplazaron a las instituciones, los funcionarios dieron la cara y reaccionaron a las denuncias aplicando medidas.

Mientras miraba la noticia, recordaba lo ocurrido en Nicaragua con los frijoles o con el combustible o con Milton Arcia. Ningún funcionario da la cara. Las instituciones responsables brillan por su ausencia o actúan en contra de la ley. Y la ciudadanía con la cruz a cuestas.

También fui a comprar a un supermercado. Pagué con un billete de cincuenta dólares y la cajera me pidió identificación. Le mostré mi pasaporte y ella sacó una planilla donde anotó mi nombre, el número del pasaporte, la serie del billete, la fecha, hora y me pidió firmar. Después pasó la planilla a la supervisora, quien también firmó. Me resultó extraño el asunto y pregunté a la cajera si había algo sospechoso. Me respondió que no; que en los casos de billetes de cien y cincuenta dólares era un trámite obligatorio. En realidad no pude comprobar si esto ocurre en todos los casos o si me vieron sospechoso, pero el hecho resulta paradójico porque en Panamá el billete que circula es el dólar y, se sabe, que es un centro financiero donde se trasiegan miles de millones de dólares de origen dudoso. En contraste, los supermercados controlan los billetes de cincuenta dólares.

Algo cotidiano que también llamó mi atención es cuando un peatón va a cruzar la calle. Aunque no haya semáforo, si hay franjas blancas, los vehículos inmediatamente se detienen y ceden el paso, aunque se trate de una avenida. Y aún sin franjas blancas. Igual con la circulación de vehículos. Se detienen para dar paso en las intersecciones, cuando hay embotellamiento. Así, mientras atravesaba las calles pensaba en el comportamiento de los conductores en nuestro país. Si el peatón saca la nariz, se la arrancan. Y si un vehículo saca la trompa, se la vuelan. Parece un hecho simple pero refleja cuestiones de fondo como el respeto a los semejantes y la prudencia en el manejo. El saldo de esta conducta se mide en vidas.

Como es natural, aproveché para “vitrinear” mientras transitaba algunas calles. Y no propiamente en zonas exclusivas. En una vi en el escaparate una camisa muy bonita. Un vendedor estaba en la puerta y le pregunté el precio: 210 dólares respondió de inmediato. Hasta ahí llegó la conversación. La tienda siguiente era de zapatos, los precios estaban visibles. ¡320 dólares un par de zapatos! ¿Se imaginan? Solamente alguien que no está en su sano juicio puede hacer semejantes compras. O tener demasiado dinero. Obviamente, si ofrecen esos artículos a tales precios es que hay compradores para los mismos. Y dado que no era una zona exclusiva…o son muy fachentos los sectores medios panameños, o ganan muy bien. Porque unos metros más adelante habían camisas en promoción 2, de buena marca, por cincuenta dólares.

Finalmente, con todo y que los datos revelan la persistencia de agudas desigualdades sociales, pude ver un país en franca prosperidad. Y una población con una actitud positiva frente al país y su futuro. Por supuesto, unos pocos días no son suficientes para conocer en profundidad la realidad, se trata de impresiones. Pues bien, mi impresión después de estar casi una semana es que Panamá, en este momento, es un país que afronta con optimismo su futuro.

Menciono estas experiencias porque de ellas podemos extraer algunas enseñanzas como las siguientes: La protección efectiva a la población más vulnerable, en el caso narrado, la población de la tercera edad; el ejercicio de la ciudadanía y el papel de los medios de comunicación en la defensa de los derechos de la gente; la actitud de las autoridades de dar la cara frente a los emplazamientos de la población y de los medios de comunicación; el respeto de la sociedad a sus semejantes, sean ciudadanos de a pie, o en vehículos. Y una actitud positiva frente al futuro.

Siempre hay algo provechoso que aprender.