Centro Juan Pablo IIGracias a una gentil invitación de Monseñor Silvio Fonseca, tuve oportunidad de visitar el Instituto Técnico Especializado Juan Pablo II. Un proyecto y una obra concebidos y dirigidos por Monseñor.

Localizado en las cercanías del Hospital Lenin Fonseca, en el extremo occidental de Managua, el Instituto define como su propósito “Contribuir al desarrollo del país formando técnicos de calidad que satisfagan la demanda laboral de la industria, construcción y servicios generales”.

El centro ofrece dos programas básicos: Bachillerato técnico, que junto a la formación como bachiller suma una carrera técnica; y el Técnico profesional, dirigido a bachilleres, principalmente en las áreas de refrigeración, redes en telecomunicaciones y electrónica digital.

Además de una larga y aleccionadora conversación con Monseñor Fonseca, sostuve un diálogo con jóvenes estudiantes que, igualmente, resultó aleccionador.

¿A cuenta de qué visité el Instituto?

Porque quería comprobar, en el terreno, cómo opera un centro de formación técnica. Qué piensan los rectores y qué opinan los estudiantes; cuáles son sus perspectivas, sus aspiraciones y los obstáculos que enfrentan.

¿A qué viene esta historia?

Al convencimiento de que nuestro país no podrá salir del atraso, ni podrán resolverse los problemas de empleo de calidad, ni ingresos decorosos, ni mejora efectiva en las condiciones de vida de la población, si no contamos con una masa de jóvenes formados en especialidades técnicas. Lamentablemente, las matrículas en los institutos técnicos en lugar de crecer, disminuye. Y el instituto no es la excepción.

El mundo de hoy es tecnología. La competitividad de países y empresas es resultado del nivel tecnológico de sus productos y procesos de producción y distribución.

De alguna manera, el Instituto Juan Pablo Segundo es un reflejo de la problemática que enfrenta la formación profesional en nuestro país.

El primer gran obstáculo es de carácter cultural. Por alguna razón se ha afianzado en el imaginario colectivo que la manera de alcanzar status económico y social es poseer un título universitario. A pesar de que la tozuda realidad enseña una y otra vez que eso no es cierto, miles de jóvenes malversan recursos y esperanzas, mientras acumulan frustraciones para ellos y sus familias, cursando carreras que el país ya no necesita y que los condena al círculo de la pobreza.

Miles de jóvenes siguen estudiando la carrera de Derecho, por ejemplo, engrosando las filas de desempleados y subempleados. Seguramente un mecánico, un electricista o un electromecánico tienen mejores oportunidades de empleo e ingresos mucho más decorosos, ya sea como asalariados o desarrollando sus propios emprendimientos.

El segundo problema es la limitación de recursos o la asignación ineficiente de los mismos. Mientras Institutos como el Juan Pablo Segundo trabajan con las uñas, el INATEC, que es el ente público formalmente responsable del sector, opera de espaldas a las realidades. Y no son poco los recursos de que dispone. Para el 2013 gestiona un presupuesto de 1.225 millones de córdobas.

Un tercer problema es la ya conocida falta de articulación en el sistema educativo nacional, y entre este y el sector productivo. Cada empresa aporta el 2% de su nómina para el sostenimiento y operaciones de INATEC. El estado aporta un porcentaje menor. Tiene legítimo derecho entonces el sector empresarial para exigir que el INATEC se enfoque en las demandas del mercado. Eso hace bien a la economía del país, al sector empresarial y a los jóvenes y sus familias.

Pero volvamos al Instituto Juan Pablo II. Constituye una lección y una promesa. La lección de que, a pesar de las adversidades y obstáculos, puede sostenerse un proyecto de esta naturaleza con voluntad, visión y determinación. El centro se sostiene con aportes privados y la cuota de los alumnos. Del estado no recibe un centavo. Ni siquiera de INATEC.

La promesa la percibí en los ojos y en las expresiones de los jóvenes estudiantes. Convencidos y empeñados, con fe en su futuro y un claro compromiso con su presente.

Un ejemplo que debemos reconocer y que debería multiplicarse para bien de nuestro país.