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El fallecimiento del presidente de Venezuela, Coronel Hugo Chávez, ciertamente, cierra un capítulo de la historia reciente latinoamericana y de su país. Pero la historia no ha terminado.

Concluye el capítulo Chávez, marcado por una personalidad carismática,  discursos altisonantes, pretensiones de liderazgo continental y mundial, conexión emotiva y política con la mayor parte de la población venezolana, proclamación de un delirante socialismo del siglo XXI, la instalación de un régimen autoritario unipersonal en su país y el respaldo a los países y gobiernos que se inspiraban en ese mismo modelo autoritario.

La historia no ha terminado porque ahora se abre el capítulo del chavismo sin Chávez. Este nuevo capítulo encierra, como toda historia por escribir, múltiples interrogantes. El desenlace de esas interrogantes necesariamente tendrá impactos económicos, políticos y sociales en nuestro país. Por esta razón, más allá de las pasiones y opiniones encontradas que el episodio provoca, debemos seguir con atención los acontecimientos, ya que en esta vuelta, más tarde o más temprano, estaremos enfrentando o padeciendo las consecuencias. Sin exagerar, como se dice en lenguaje popular, nos estaremos jugando el físico.

La primera interrogante es quién será el sucesor real de Chávez. Quién cubrirá el vacío que deja su muerte. Públicamente designó a Nicolás Maduro como candidato para unas inminentes elecciones presidenciales. Pero una cosa es ser candidato ungido y otra ejercer liderazgo. Y sobre todo, cómo reemplazar un liderazgo mesiánico, concentrador de poder e irrepetible como comunicador de masas y comunicador mediático. Después de Obama, Chávez era el político con más seguidores en Twitter.

Hasta hoy, el mando chavista ha mostrado ser bastante errático: la publicación hace unos pocos días de las fotografías de un hombre agonizante, haciéndolo pasar como que estaba en recuperación, es un síntoma de inseguridad notoria. A ello se agrega la festinada acusación de magnicidio, mediante la supuesta utilización de sofisticados métodos científicos cancerígenos; o los ataques desenfrenados a una oposición que luce francamente enclenque, o el episodio de la expulsión de militares norteamericanos como un recurso diversionista cada vez más inútil, por repetido y gastado. Todos ellos son indicios de un liderazgo nervioso, inseguro y errático. Exactamente lo contrario a Chávez.

A nivel internacional, los petrodólares, mientras se repartan, pueden generar influencia, pero no liderazgo. Aquí el vacío simplemente no podrá llenarse porque, además, los datos muestran que el chorro de petrodólares tiende a enflaquecer.

La segunda interrogante tiene que ver con el desenlace del proceso electoral que deberá realizarse en corto plazo. Más allá de las interpretaciones retorcidas que el chavismo pueda hacer de la Constitución, es un hecho que los venezolanos deberán elegir un nuevo presidente dentro de pocas semanas. El fervor chavista de una mayoría de la población, un aparato aceitado, la energía política asociada a la emotividad que provoca el fallecimiento, son potentes factores que estarán desafiados por una oposición que no parece disponer de condiciones políticas, ni psicológicas, ni organizativas, ni materiales para imponerse en una campaña electoral corta. El sentido común apunta hacia una continuidad del chavismo.

La tercera interrogante es, cuál será la orientación política de un nuevo gobierno, sea del chavismo o sea de la oposición. Obviamente, sin Chávez las cosas no serán igual, pero de ganar el chavismo es previsible una cierta continuidad en las definiciones fundamentales. Aquí los principales factores a considerar son: el deterioro de la condición económica, el papel de las fuerzas armadas y la amenaza de la inestabilidad a causa de fuerzas sociales desatadas, en una sociedad con un alto grado de polarización, pugnas y enconos acumulados.

Un escenario de conflicto interno, agudo o abierto, no puede descartarse. Recordemos que recientemente se devaluó el Bolívar, hay escasez y desabastecimiento de productos básicos y una alta inflación. Y no hay perspectivas de mejoramiento. Además, Venezuela registra uno de los índices de violencia social más elevados de América Latina. Tales factores configuran formidables desafíos a la gobernabilidad, tanto para la oposición como para el chavismo.

¿Y qué pasa con Nicaragua? Lamentablemente, la economía y la política nicaragüenses, con el régimen orteguista se han colocado en dependencia directa de lo que ocurre en Venezuela. El primer impacto es de orden político, principalmente para el orteguismo. El régimen queda huérfano de su principal mentor y protector. Ante esa orfandad puede apretar o aflojar la cuerda. Ya veremos.

También hay impacto un psicológico que no debe menospreciarse. El horizonte sin límites para un desenfrenado proceso de acumulación de poder político y económico, alimentado con petrodólares, simplemente se acabó. Ortega, hasta ahora estuvo nadando con el agua en los tobillos. Sin Chávez, el agua comienza a subir y la corriente a arreciar.

Potencialmente, el impacto de mayor repercusión puede ser en materia económica. El flujo anual de 600 millones de dólares ha sido esencial para apuntalar al régimen orteguista. Reservas internacionales, depósitos bancarios, exportaciones, inversiones encubiertas como inversión extranjera, programas clientelistas, comenzarán a transitar a orillas del abismo.

Por el momento, a todos nos conviene asegurarnos la continuidad de la cooperación venezolana, con la oposición o con los sucesores de Chávez, pero bajo una condición esencial: la transparencia y la institucionalización tanto de la cooperación como de las relaciones comerciales, despojándolas de su amañada privatización y de su anudamiento caudillista. Y también nos conviene la paz social y la gobernabilidad democrática de Venezuela. Ambas son condiciones esenciales para la estabilidad de la región. Y la nuestra.