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He escuchado a algunas personas que señalan como una de las dificultades de la oposición política al régimen que no hay un líder. Otros, más abiertamente, han afirmado que necesitamos un caudillo. Un caudillo “bueno” para derrotar a Ortega y emprender las transformaciones democráticas que el país requiere.

 Cuando uno revisa la historia se encuentra, sin embargo, que el caudillismo ha sido uno de los grandes males que ha padecido nuestro país. La independencia de España se logró sin un disparo. Pero inmediatamente después comenzaron las interminables guerras con caudillos a la cabeza y pueblo como carne de cañón. Apartando el período de los llamados 30 años, que terminaron precisamente por el afán continuista de Roberto Sacasa, llegamos a Zelaya, después a Emiliano Chamorro, para caer en Somoza García y más tarde en Somoza Debayle.

 Sólo tragedias para el pueblo. De la intervención extranjera a las componendas de cúpulas, de ahí a las dictaduras y de las dictaduras a la guerra. Un ciclo fatal. No hay caudillismo “bueno”.

 Sin embargo, la historia reciente nos enseña que los episodios más relevantes se han desarrollado sin caudillos.

 Comencemos por la lucha en contra de la dinastía somocista. ¿había un caudillo a la cabeza? ¿Verdad que no? Al contrario, los principales dirigentes de la lucha en contra del somocismo ni siquiera tenían rostro. La mayoría no eran conocidos por la población. Y sin embargo la gente fue a luchar, y triunfó, sin caudillo. El régimen somocista se desplomó, cuando su caudillo se marchó.

 Más tarde, en la década de los ochenta, la resistencia nicaragüense tampoco tuvo caudillo. De hecho, algunos de los que se autoproclamaban líderes jamás visitaron un campamento, ni siquiera en Honduras. Y sin embargo la Resistencia mantuvo su lucha y fue un factor decisivo en el proceso que desembocó en las elecciones de 1990, que trajeron la paz y la democracia al país.

 Y en esa contienda electoral de 1990, cuyo final se consideraba ya escrito, para sorpresa mundial la mayoría de los nicaragüenses, en medio de grandes dificultades, fueron a votar por doña Violeta Barrios de Chamorro, que era exactamente la antítesis de lo que representa un caudillo.

 Vemos pues que no fueron necesarios caudillos en esos episodios tan dramáticos de la historia reciente de nuestra Nicaragua.

 Todo lo contrario, ha sido precisamente la reencarnación del viejo fantasma del caudillismo, lo que nos ha conducido nuevamente a la misma cuesta, empinada, espinosa y flanqueada de abismos. El caudillismo, reencarnado en Alemán y Ortega, sembró la vieja semilla, que ahora ha germinado en dictadura, abriendo una vez más el ciclo fatal.

 La historia nos enseña que no necesitamos nuevos caudillos para luchar por la democracia. Pero sí necesitamos una nueva generación de líderes que tengan voluntad de concertación y capacidad para recuperar la confianza de la gente. Líderes con la capacidad de construir  y promover una propuesta cobijada en banderas de libertad, trabajo digno, salarios decorosos, oportunidades de educación y salud, competencia empresarial, honradez y compromiso de patria.

 Caudillos, no. Líderes, sí.

 Y que sean varios. Porque mientras más sean los que empujen la carreta en la misma dirección, más temprano saldremos de este atolladero en que estamos metidos. Se trata en sumar confianza y multiplicar esperanzas. Esperanzas. Sobre todo esperanzas de que podemos tener un futuro mejor.