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Todos sabemos que Corinto es nuestro principal puerto. Por allí sale buena parte de los productos que vendemos a otros países como el café y el azúcar, y entra también buena parte de las mercancías que importamos, como los vehículos, tractores, trigo, fertilizantes. También arriban turistas a bordo de cruceros.

Pero hay una cosa que no todos saben sobre Corinto, y es que como resultado de corrientes marinas se encuentra sometido a dos fenómenos persistentes. Por un lado, un socavamiento creciente de la costa, principalmente en el lado Este de la isla (Corinto es “casi” una isla. Hasta hace algunos años era una isla completa, pero como resultado de los fenómenos indicados ahora está unida a tierra firme por una estrecha lengua de arena).

 Cualquiera que haya conocido Corinto hace 25 años, y regrese hoy, se asustará al ver cuánta costa “se ha comido” el mar. Barrios enteros, ranchos y mansiones han desaparecido. Al menos son más de 150 metros de costa perdidos, a lo largo de varios kilómetros.

 Parece un sueño recordar que en esas playas jugábamos beisbol y futbol, o nos teníamos que quemar los pies por más de 50 metros de arena caliente para poder fisgonear a las hijas de los “ricos”, de lejos, porque sólo estaban al alcance de nuestras miradas, tan inalcanzables eran. Así llamábamos (“las casas de los ricos”) a la larga hilera de mansiones construidas por los algodoneros de Chinandega, que tenían una playa casi inaccesible para nosotros, jóvenes, entonces, palmados y  corinteños.

 Para evitar este socavamiento, que amenaza la existencia misma del puerto, se han ejecutado en el pasado varios proyectos, intentando ganar la batalla al mar. El último fue la construcción de un rompeolas de apariencia formidable, de más de cien metros de longitud, mar adentro, y sólida construcción. Lamentablemente, la obra no ha podido resistir el acoso del mar y ahora se ha reducido en más de un 50%, perdiendo la mayor parte de su efectividad en la protección de la costa.

 El otro problema es que una parte de la arena que el mar socava en la costa, la deposita en el brazo de mar por el que entran los buques a la terminal portuaria. Por esta razón, en un estudio hidrológico realizado hace varios años por expertos internacionales, se recomendaba dragar cada cinco años lo que los corinteños llaman “el canal”, a fin de mantener la profundidad que se ajuste al calado de los barcos que ingresan al puerto. Han transcurrido más de siete años desde que se efectuó el último dragado.

 ¿Cuál es la situación actual?

Al perder eficacia el rompeolas el mar ha reanudado su embestida en la costa y en pocos meses ha acabado con un dique de arena, que también se había construido, amenazando con arrasar algunos barrios costeros. De no realizarse un proyecto de la dimensión y técnica apropiadas para asegurar la protección del puerto, estamos ante un peligro real, que en poco tiempo puede traducirse en un daño irreversible.

 Por otro lado, el nivel de sedimentación del canal por donde ingresan los barcos, incluyendo los cruceros turísticos, encierra el peligro creciente de que un buen día, más bien, un mal día, un barco se encalle y como consecuencia el puerto sufra una penalidad internacional que impida o encarezca el tránsito de barcos, acarreando un profundo perjuicio a nuestra economía.

 Es imperativo pues, para seguridad de los corinteños, para bien de los exportadores e importadores y para protección de la economía nacional, que el gobierno se ponga las pilas y cuanto antes emprenda el diseño y ejecución de un proyecto de protección costera del puerto y que, en paralelo, proceda al urgente dragado del canal. Se trata de un proyecto caro, en términos económicos, pues requiere tecnología que sólo disponen empresas internacionales.

 Quiero remarcar que no estoy divulgando una alarma superflua. Cualquiera que visite Corinto puede comprobar lo anterior.

 Lo repetimos nuevamente: vale más prevenir que lamentar.