Migrantes

Sobre los migrantes, lo usual es que se divulguen las violaciones a sus derechos humanos, los peligros que deben afrontar en territorios extraños, las remesas que envían a sus países de origen. Pero hay una dimensión que normalmente permanece oculta: el drama cotidiano de los familiares que se quedan.

 Recientemente, con el apoyo de una organización que se ocupa de las migraciones, tuve ocasión de visitar a familias de nicaragüenses que han tenido que emigrar al exterior.

Primero visité a una abuela, a cargo de cinco niños, porque el padre y la madre emigraron. Estando fuera, se separaron y los niños quedaron abandonados. La señora, con una fritanga, mantiene a los niños asegurándose que todos vayan a la escuela.

Después conversé con una muchacha, de 19 años, que quedó a cargo de sus hermanos y como responsable de la casa, porque su madre y su padre también tuvieron que salir del país, a buscar trabajo. Ella dejó de estudiar asumir las tareas cotidianas de un hogar. A pesar de su temprana edad cumple las funciones de padre y madre de sus hermanos..

El mismo día me tope, por casualidad, con un verdadero drama. Un nicaragüense, en silla de ruedas, que apenas podía articular palabras por el daño que sufrió su cerebro al caer desde un edificio en construcción, en Costa Rica. Permaneció en estado de coma y salvó su vida de milagro. Recibe una pensión de la seguridad social costarricense. Un poco más de doscientos dólares. Y cuál es el drama? Para recibir la transferencia, desde Costa Rica, necesita tener una cuenta en un banco nicaragüense. Pero el único banco que tiene sucursal en Chinandega, donde él vive, le exige un depósito de 500 dólares para abrir la  cuenta. Y de dónde agarro?…me preguntaba con desesperanza?

También estuve en la casa de una madre con una hija desaparecida. A la que ha buscado, fuera del país, en burdeles, casinos, prostíbulos y demás antros. Porque le dijeron que había sido engañada por traficantes de personas. Sólo escuchar las historias que vivió en los sitios que ha visitado provoca una mezcla de sorpresa, enojo y consternación.

Finalmente, compartí con un grupo de muchachas. Todas mujeres, que trabajan como voluntarias en la organización que mencioné. Todas graduadas universitarias o a punto de graduarse. Todas con parientes en el exterior. Pero todas sin empleo. Y sin oportunidades. A la espera de la ocasión para marcharse de un país que le cierra las puertas a su presente y a su futuro.

Algunos de los casos descritos  son una muestra de las realidades que sufren miles y miles de familias de migrantes nicaragüenses en el exterior. Historias que son dramas en unos casos y en otros verdaderas tragedias. Y nadie se ocupa de ellos, a excepción de unas pocas organizaciones no gubernamentales, que trabajan con las uñas.

Mientras el gobierno presume de promover los intereses de los grandes inversionistas, vuelve la espalda a estos inversionistas que con sus remesas contribuyen decisivamente a mantener los equilibrios macroeconómicos de los que el gobierno tanto se ufana. Y también contribuyen a enfrentar los problemas sociales de educación, salud y desempleo que, sin su sacrificio, representarían una bomba social para nuestro país.

¿Acaso no es responsabilidad del Estado proteger a estos nicaragüenses y a sus familias? ¿Acaso no es justo que los bancos ofrezcan alternativas a los nicaragüenses que reciben sus pobres pensiones desde el exterior? Y las alcaldías ¿tienen algo qué decir?

Es imperativo que la Asamblea Nacional también se ocupe del tema y apruebe una ley que proteja los derechos de los migrantes y de sus familias. Usted, qué opina? Cuáles son las principales disposiciones que debería contener esa ley?

Cualquier sugerencia puede hacerla llegar a mi correo electrónico: enrique.saenzn@yahoo.es