Con exposiciones notables de Pablo Kraudy, Pedro Xavier Solís y Jorge Eduardo Arellano se realizó en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica un Panel sobre la Hispanidad, a partir de la obra de Pablo Antonio Cuadra (PAC) y como parte de los homenajes al centenario natal del poeta nicaragüense.

 Quienes tuvimos la oportunidad de asistir al coloquio fuimos conducidos por las aristas y bahías de una etapa del itinerario intelectual y político del poeta. Transitamos desde la sobria erudición de Kraudy, a la emotiva elaboración de Pedro Xavier, hasta el histrionismo ilustrado de Jorge Eduardo.

 La primera sorpresa fue conocer testimonios sobre el impacto intelectual de PAC, a pesar de su juventud, en la España de la dictadura del general Franco. Publicaciones y comparecencias verdaderamente insospechadas, por la amplitud de su acogida. La segunda fue la revelación sobre la profundidad de su conservadurismo: católico a ultranza. Hispanista con notas medievales. Bandera y abanderado de las corrientes más reaccionarias de su tiempo. Guionista y protagonista; Cuadra incluso promovió el envío de una carta al entonces presidente de Nicaragua, Román y Reyes, congratulándolo por su reconocimiento al gobierno franquista. La carta fue suscrita por la flor y nata de la juventud aristocrática del momento (al menos eso se desprende de los relumbrones apellidos que leyó Jorge Eduardo).

 Sin embargo, más que rechazo, el conservadurismo de Cuadra en esas etapas tempranas de su vida me lleva a valorar mejor su evolución de pensador —hispanista, nicaragüense y universal— que, afianzado en sus raíces, pudo ir, sin oportunismos ni dobleces, ajustando su pensamiento y praxis política a las realidades cambiantes de su país y de su entorno intelectual y político.

 Quise conocer la opinión de PAC sobre sí mismo y esa etapa de “camisas azules”, busqué y rebusqué. Encontré el texto “En el hombre hay más que el hombre”, donde el poeta con una frase entrega la respuesta entera “Yo, que reniego de mis pecados juveniles, casi me los perdono en honor de nuestra hermosa y orgullosa concepción hispanoamericanista… nosotros lo que buscábamos era una mística de unión de los pueblos de lengua española para efectuar una revolución conjunta que completara la de la Independencia, que nos diera poder frente a Estados Unidos —como liberación— y ante el mundo —como afirmación—…”.

 El momento culminante de la noche fue la lectura que Pedro Xavier hizo de un poema extraordinario de PAC: “Canto España”. Una lección de historia convertida en poema. O un poema que expresa una lección de historia. El poema retrata la fundación y evolución de la hispanidad en América, desde el lente de Pablo Antonio, a partir de la descendencia de un imaginario don Gil, el conquistador, que “creyó encontrar en Indias como feudo un reino” y “murió en un catre de varas en Tustega”, junto con “su india”, Josefa Potoy, sus hijos mestizos, su espada mellada, su capa negra y su viejo sombrero de plumas.

 Su primogénito, otro don Gil, se consideraba a sí mismo que “un pie era extremeño de zapaterrones en el otro indio, sembrador de milpas”. No amó la espada, origen de gemidos sino que “reposó su corazón en las inmensas noches nicaragüenses”. En su agonía, “miró desde su cama al pueblo invadiendo su casa en lágrimas y rezos” y musitó “Oye mujer, mis campanas me lloran. Muero cumplido. No fundé señorío sino vecindario”.

 Su vástago, don Gil, el tercero, fue enviado por su madre a la ciudad porque “no quiero que hijo de conquistador adormezca su hidalguía entre vacas” y después partió a España. Y enloqueció de España. Pero España lo desdeñó: “Y fue el indiano… le vieron la pluma del indio bajo el sombrero… Y conoció la burla”. “Volvió don Gil tan abatido. Desde España llamó a su desengaño”. Y aprendió que “la historia no es el ayer sino el mañana”. Así fue este don Gil, vecino de León de Nicaragua. “Su lápida la cubre la ceniza de un volcán”. Y fue padre de don Gil, poblador de Piura. Abuelo de don Gil, poblador de Quito. “Bisabuelo de don Gil. Soldado de Bolívar”.

 Hoy, la hispanidad del otro lado del océano tensa las cuerdas y amenaza con romper los nudos que unen a “las Españas”. De este lado, la hispanidad alimenta universalidades e identidades, dispersión y cohesión, nosotros y los otros, en un incesante rejuego de geometrías variables permanentemente desafiadas por la línea y el círculo que también preocuparon a PAC. El pasado que retorna, la historia que se repite; en oposición a la implacable e irreversible recta, que va del nacer al morir. Círculo y línea.

 Hoy sigue sin respuesta la interrogante que ayer el poeta formulara: “¿Qué historia estamos tejiendo con el hilo del tiempo que no se repone?

El autor es diputado MRS