Uno de los tradicionales puntos de referencia de nuestra capital ha sido el cerro Motastepe.

Para quienes viajábamos desde los departamentos, entrando por la carretera sur o por la carretera vieja a León, la indicación de que estábamos llegando a Managua era ver el cerrito, pequeño pero de elegantes líneas geométricas, como un centinela que vigilaba los límites de su territorio. Inmediatamente después venía el vértigo que a todo provinciano le provoca la cantidad de vehículos y el tráfico de Managua.

Ahora  Motastepe ha sido condenado a morir tasajeado por la espalda. Puñalada trapera. Uno lo ve sano y lozano, cuando lo observa desde el sur. Pero cuando observa su ladera nor-oeste, digámoslo así, la “espalda” del cerro, causa estupor comprobar que al ritmo de destrucción que lleva, en poco tiempo desaparecerá de nuestra vista. Así de simple.

En una página web se anuncia que el metro cúbico de “arena motastepe” cuesta 165 córdobas. Por su parte, en un estudio también disponible en la web se estima que diario se extraen aproximadamente 1500 metros cúbicos del cerro. Obviamente, hay millones de metros cúbicos. La simple operación aritmética nos totaliza millones de dólares. Millonarios a cambio de la muerte de Motastepe. En la otra cara de las monedas, los pobladores vecinos cargarán, mientras dure la agonía, con el polvo y el riesgo de deslaves. Y nosotros, nos quedaremos sin el elegante cerrito. Centinela de Managua.

La pregunta obligada es, entonces, ¿quien es el dueño de semejante negocio?

Uno siente pisadas de animal grande detrás de la muerte de Motastepe. Para tomar las fotografías pude cercarme a corta distancia del cerro ya que no había vigilancia, ni indicaciones de que estaba cerrado el paso. De repente aparecieron tres sujetos, armados, en moto, quienes primero quisieron que entregara la cámara, después amenazaron con retenerme y finalmente la emprendieron con provocaciones y agresiones verbales, mientras acariciaban sus pistolas. Solamente quienes se sienten amparados por el poder actúan con la prepotencia y convicción de impunidad que mostraron.

Pero hay otras preguntas que deben ser aclaradas:

¿Quién y en qué términos otorgó la concesión de explotación?

¿Hay un estudio del impacto ambiental y del riesgo que supone el socavamiento del cerro?

¿Las alcaldías de Managua y de Ciudad Sandino qué papel desempeñan? Y Marena ¿tiene algo que decir?

Con estas interrogantes me estoy dirigiendo a la Comisión de Medio Ambiente de la Asamblea Nacional para, al menos, intentar  disponer de información mínima sobre la destrucción de uno de los referentes de Managua. Así, ante la puñalada trapera de hoy,  al menos, mañana, nos quede el consuelo de que algo intentamos hacer.